Capítulo III. “¡Caballeros Negros!”
Hans Zimmer – Jack Sparrow
El vigilante Dodds pensaba que se estaba volviendo loco. Había pasado meses en un diminuto campamento con su compañero Cutford, luchando contra hordas de ferocanis asesinos, y sabía por experiencia lo terribles que podían llegar a ser. Enormes colmillos, velocidad sobrehumana, y una ferocidad demencial. Y en los últimos días le había parecido ver a lo lejos a las terribles bestias huyendo de un puñado de cabras, montañas abajo. ¡Cabras! ¡No había cabras en Bosque del Ocaso! Sin duda la podredumbre del lugar le estaba empezando a provocar alucinaciones.
Por eso no le extrañó nada ver pasar a su lado un semental negro con dos pícaros, uno de ellos un enano pelirrojo que le dijo al pasar “¡Si yo fuera tú, me tomaría la noche libre!”.
—Mira, Cutford —dijo tranquilamente—, un enano pícaro compartiendo caballo. Eso no se ve todos los días ¿verdad?
—BEE —respondió Cutford.
Un segundo caballo pasó a toda velocidad en la misma dirección.
—Y esa es la vigilante Ladimor, ¿a donde demonios irá?
—BEEE.
—JAJAJA, si, está como un queso ¿eh?
Dodds se dejó caer al lado del fuego que ardía al lado de su tienda. Levantó la vista. Donde debía estar Cutford, estaba sentado un extraño humanoide, mitad cabra y con los ojos brillantes. En uno de sus cuernos se sostenía de forma ridícula el casco de Cutford, salpicado de sangre. Se estaba liando un pitillo.
Dodds se quitó el casco, se rascó la cabeza y buscó su propia hierba. Se lió un cigarrillo para él y volvió a mirar a Cutford. El tipo con cabeza de cabra le sonreía con sus afilados colmillos.
—Sabes Cutford, creo que es esta mierda que me vendió un goblin —dijo Dodds mirando el cigarro—, pero me pareces totalmente un demonio cabra.
—BEE.
—¿En serio?
—BEEE —el tipo con cara de cabra se encogió de hombros.
—Joder —gimió Dodds. Al sur del campamento, vio un ejército de cabras furiosas bajando de las montañas.

El viento aullaba en Cerro del Cuervo
Viktor y Alcani llegaron a Cerro del Cuervo cuando el Sol empezaba a esconderse tras el horizonte. Ante ellos se alzaba un panorama desolador, la que antaño había sido una hermosa y próspera aldea se encontraba deshabitada, ruinosa y sin vida, excepto por un tipo que daba vueltas y vueltas a la fuente de la plaza, como sumido en un trance. Sarah desmontó detrás de ellos y se escondió entre las ruinas.
—¿Alterio? —preguntó Viktor.
—¡¡YAARGH!! —el hombrecillo rubio se echó las manos a la cabeza— ¡¡Caballeros Negros!!
—No tío, te equivocas —dijo Alcani saltando del caballo—, solo queremos hacerte unas preguntas sobre una guadaña que…
—¡¡YAARGH!! —Alterio se escondió detrás de la fuente, y después trepó encima como una lagartija— ¡¡Enanos pelirrojos y Caballeros Negros!!
—Bueno, ya está bien.
Alcani saltó sobre el asustado personaje derribándolo sobre el suelo empedrado, y agarrándolo de la camisa le soltó dos tremendas bofetadas.
—¡La tiene la cabra! —fue la respuesta de Alterio.
Alcani levantó la mano de nuevo. Viktor había visto esas manazas quitar la consciencia a muchos hombres, pero nunca pensó que pudieran usarse en sentido opuesto.
—Explícate.
—Hace una semana vinieron los enanos —Alterio miró en todas direcciones—, codiciosos y muy violentos…
—Así somos, si. Yo el que más.
—… me obligaron a revelar donde encontré la guadaña…
—¿Sopapos?
Alterio se echó las manos a la cabeza de nuevo.
—¡Sopapos! ¡¡Sopapos!! Tuve que hablar, les indiqué el camino a las minas, pero solo porque no eran Caballeros Negros, no hay que dejar que ellos la tengan, no, no.
—¡Quietos ahí! —Sarah salió de su escondite espada en mano y señaló a Viktor con un dedo acusador— Así que torturando a un pobre loco, te acabas de ganar una paliza…
—Pero si yo no he hecho nada —protestó el pícaro—. ¿Que haces tú aquí?
—Vigilarte, soy vigilante. ¿A esto os dedicáis?
—¡Caballera Oscura! —gritó Alterio. Alcani le soltó otra bofetada con total tranquilidad.
—¡A callar! —dijo Alcani a la recién llegada. Después continuó con Alterio— Tú no chaval, sigue, ¿que pasó?
—La encontraron, pero estaba clavada. Le tiraron un lazo y usaron una cabra para tirar de ella, pero al arrancarla de la pared salió volando y tocó a la cabra y…
—Y la cabra se convirtió en un demonio y les mató a todos, y ahora está formando un ejército de cabras para arrasarlo todo a su paso ¿no? —el tono burlón de Alcani crecía con cada palabra.
Alterio asintió con una sonrisa enorme, sin darse cuenta de que Alcani no hablaba en serio. Al enano no le gustó eso.
—¿Pero que chorrada es esa? Quieres más guante ¿no?
—¡Deja de sacudirle! —gritaron a la vez los dos humanos.
Y entonces, tropezando y tambaleándose apareció Dodds, gritando como un poseso:
—¡Las cabras! ¡El ejército de cabras va hacía Villa Oscura, van a arrasar con todo!
Alcani miró al vigilante, después a Viktor y Sarah y finalmente al desgraciado que colgaba de su puño izquierdo. Alterio estaba a punto de decir “¿Lo ves?”, pero la mirada del enano le convenció de que no era una buena idea.
Viktor lanzó una pregunta al aire.
—¿Cómo se detiene un demonio?
—¿Archeus? —dijo Alterio.
—No podréis conseguir a Archeus —aseguró Sarah.
—¿Quién demonios es Archeus? —preguntó el enano.
—La espada de Mor’Ladim, posee poderosa magia arcana, puede hacerlo —Alterio parecía muy contento de ser útil.
—¿Donde está ese Mor’Ladim? —Viktor empezó a impacientarse, bajó del caballo y se arrodilló junto al asustadizo personaje.
Dodds, que estaba tirado en el suelo, levantó un dedo y murmuró:
—Está en el cementerio, es un no-muerto, un tipo peligroso ese Mor’Ladim. Pero la espada lo mantiene tranquilo.
—¡Ya basta! —gritó Sarah— Ese no es su nombre y lo sabes Dodds, Morgan Ladimor sigue siendo mi padre, corrupto o no. No vamos a robarle lo único que aún lo mantiene cuerdo.
Viktor se puso en pie y tomó la mano de Sarah.
—Por favor, es la única posibilidad que tenemos ahora.
Sarah le propinó un puñetazo que le tumbó de espaldas.
—Yo no lo haré —dijo, después se quitó su anillo y se lo arrojó a Viktor—. Necesitarás esto, yo me vuelvo a Villa Oscura. ¡Vamos Dodds!
—Lo siento —dijo Dodds—, la guadaña levantó a su padre de la tumba hace unos meses y está un poco sensible.
Mientras el vigilante se arrastraba hasta el caballo de Sarah, Viktor se acercó a Alcani, y le dio el anillo.
—Tengo que volver con ella, le ayudaré a defender el pueblo. Maestro, por favor, recupere la espada y venga lo antes posible.
—Y una mierda, yo no me peleo con un “no-muerto peligroso” por un trasto que igual ya ni funciona —dijo indignado el enano.
—Es muy bonita —murmuró Alterio—, empuñadura de oro puro, y joyas. Enorme.
—Pensándolo mejor —rectificó Alcani—, nos hará mucha falta. Ya me ocupo yo.
Mientras Alcani corría hacia el cementerio con el anillo de los Ladimor en la mano y Viktor cabalgaba detrás de los vigilantes, Sarah recordó unas palabras de Alterio.
—Oye Dodds, ¿conoces a los Caballeros Negros?
—Oh si, son seres malignos, del Paso de la Muerte, coleccionan artefactos malditos para sembrar el caos y la destrucción. Por suerte, no han vuelto al Bosque del Ocaso desde la última vez que apareció la Guadaña de Elune.
—¡Mierda! —gritó Sarah, y espoleó con más fuerza su montura.
The Horror Theme Players – X-Files Theme (Cover Version)
En Villa Oscura ya había anochecido, cuando llamaron a la puerta de Finbus Rompegranajes, ingeniero.
—¿Quién va? ¿Es la Santa Compaña? —preguntó Finbus.
—NO.
—¿Seguro? A estas horas no me extrañaría nada —dijo el gnomo mirando un reloj que marcaba la medianoche.
—SOMOS CABALLEROS NEGROS.
—Ah bueno, Caballeros Negros —el pequeño ingeniero abrió la puerta y observó las oscuras figuras. Siete siniestros encapuchados se fundían con la noche—. Y… ¿Qué venden?
Los Caballeros desenvainaron sus espadas negras, y preguntaron al unísono:
—¿DONDE ESTÁ LA GUADAÑA, MORTAL?
La respuesta les llegó en la forma de un terrorífico balido.

Enter The Goatman
Volvieron sus oscuras capuchas hacia las montañas que se alzaban al oeste de la aldea y observaron un espectáculo único. Ciento cincuenta cabras de ojos brillantes repartidas por el horizonte y, en medio de todas ellas, de espaldas a la luna llena, la silueta terrible que sostenía la Guadaña de Elune.
—BEEEEEEEEE— exclamó, y de la misma forma le respondieron las cabras.
Los vigilantes de la guardia nocturna miraron aterrorizados al ejército del Cabrero.
—ES LA HORA DE LA CABRA —dijo este. Y montaña abajo, la carga comenzó.
Finbus cerró la puerta y se metió bajo la cama.
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[...] La Leyenda del Cabrero. Cap III. junio, 2009 5 [...]