Capítulo IV. La Hora de la Cabra.
The Killers – Somebody Told Me

Alcani dejó atrás Cerro del Cuervo y, atravesando el cementerio, vislumbró la cripta donde Alterio le había dicho que Mor’Ladim rondaba.
—Me dijeron “Coge el anillo y cámbialo por la espada”, ¡pero voy a pillar todo el oro y les voy a dejar sin nada! —canturreaba contento.
Cuando se acercaba a la terrorífica estructura de piedra, el pesado enano y su traqueteante fardo se convirtieron casi mágicamente en un vacío silencioso. El Maestro Alcani se movía indetectable como la sombra de un gnomo. La cripta se alzaba en medio del cementerio, y a su alrededor esqueletos decrépitos caminaban como erráticas marionetas. El plan era sencillo, escabullirse entre los atontados cadáveres andantes, robar la espada de una tumba silenciosa y salir antes de que pudieran siquiera olerlo.
Sin embargo, al caer la noche las cosas cambiaban en el cementerio de Cerro del Cuervo. Cuando la Luna se dejó vislumbrar entre las hojas de los árboles, una nube de maldad surgió de la cripta poniendo en guardia al ejército de huesos. Y de entre la niebla surgió un caballero. Su armadura ya no brillaba, su esqueleto ya no sujetaba carne alguna, y cada pisada marchitaba la tierra a su alrededor. El enano vio en él un enemigo más formidable de lo que había esperado, pero también vio algo que le devolvió el ánimo. Mor’Ladim sujetaba en sus manos una espada enorme, su hoja emitía una luz pura y su empuñadura brillaba con el dorado de antaño.

Mor'Ladim
Pero lo realmente interesante era que el no-muerto parecía mantener una lucha silenciosa con el arma. A veces parecía estrangularla con ira y otras veces, una fuerza invisible le postraba de rodillas, con la espada clavada en la tierra frente a él.
—Era cierto entonces —pensó Alcani—, el espíritu del paladín Morgan Ladimor sigue dentro de esa carcasa de alguna manera, y la espada le mantiene atado a ella. Bueno, se siente, ya es hora de que te vayas del todo Ladimor, y me dejes esa belleza a mí.
Mientras avanzaba agazapado, el anillo de los Ladimor comenzó a nutrirse de la energía de la espada arcana. A medida que Alcani esquivaba a los esqueletos y tomaba un rodeo para atacar la espalda de Mor’Ladim, la joya tomaba fuerza de la espada y la lucha que el antiguo paladín libraba se iba decantando más del lado de la oscuridad.
—Un poco más cerca, un poco más rico —iba pensando Alcani mientras se cernía sobre el guerrero arrodillado que se apoyaba en su arma.
Y cuando finalmente estuvo a la altura de su objetivo, y alargó la mano para noquearle de un rápido golpe, el anillo de la familia Ladimor respondió a la llamada de Archeus, y recuperó su poder con un fogonazo de luz. Alcani se quedó inmóvil mientras todos los no-muertos del cementerio se giraban hacia él.
Mor’Ladim se dio la vuelta rugiendo con la espada en alto. Se alzó en toda su altura y el polvo se desprendió de sus huesos.
El enano solo tuvo tiempo de levantar un brazo y Archeus cayó sobre él.
La comandante Cerranegro de la guardia nocturna gritaba cuando estaba molesta, gritaba cuando estaba contenta, gritaba cuando alguien insinuaba que había conseguido su puesto por su apellido y gritaba cuando tenía hambre. Y si un ejército de cabras se dejaba caer por tu aldea, era la excusa perfecta. Althea Cerranegro lanzaba voces en todas direcciones intentando organizar una defensa improvisada.
—¡Corred hacía los grifos! —gritó a la gente que salía de sus casas— ¡Vosotros no, idiotas, recoged las espadas y evacuad el ayuntamiento! ¡Ya sé que son cabras, maldita sea! ¿¡Donde están mis arqueros!?
Un grupo de encapuchados con las espadas tan negras que devoraban la luz de las antorchas, se adelantaron a la guardia y salieron al encuentro de las cabras con una velocidad pasmosa.
—Esperemos que esos guerreros nos echen una mano —dijo esperanzado un vigilante. Si le hubieran escuchado, probablemente se la hubieran echado al cuello.
Incluso cuesta arriba, los Caballeros Negros atravesaron las primeras filas sin perder el ritmo y se perdieron en una nube de cuernos retorcidos sin derribar una sola cabra. Su objetivo estaba al final.
Visto lo que bajaba por el monte, para la guardia nocturna no supuso ningún alivio que Sarah y Dodds aparecieran por el camino del sur. La comandante Cerranegro les salió al paso enseguida y sin darles tiempo a abrir la boca les espetó:
—¡Tú! —dijo refiriéndose a Dodds, que venía inclinado sobre el caballo— ¿¡Puedes tenerte en pie!?
—Bueno, lo veo difi…
—¡Ya están aquí! —gritó un arquero sobre el tejado del ayuntamiento.
Cerranegro les cogió de las pecheras y, mientras les arrastraba hacía el grueso de su diminuto ejercito se dio cuenta de que aquello no iba a salir bien.
—¡Disparad! —gritó— ¡Los demás subid a los tejados!
La primera salva de flechas abatió a unas cuantas cabras que a su vez, hicieron tropezar a las que venían detrás, pero pronto desaparecieron bajo el resto. Villa Oscura apenas había ganado unos segundos.
Mientras, Sarah, Dodds y la comandante llegaron al ayuntamiento y dieron la vuelta a la esquina justo cuando la masa de cabras alcanzó el pueblo. La tierra se estremeció con el estruendo de los cascos, y un montón de cuernos se estrellaron en las paredes del ayuntamiento haciendo temblar sus cimientos.
Sarah vio como las cabras pasaban corriendo a su lado y causaban el caos en la plaza. Por suerte los aldeanos ya habían huido a las montañas del este.
—Comandante —dijo Sarah—, suba a Dodds al tejado, yo les cubriré.
—Debería quedarme yo.
—Usted es más fuerte, yo no podría con él. ¡Rápido, no hay tiempo!
A regañadientes, Cerranegro ayudó a Dodds a subir al tejado y una vez arriba se giró para ayudar a Sarah. Pero ya era demasiado tarde, las cabras habían girado al unísono como una bandada de pájaros. Seiscientas pezuñas cargaron contra el ayuntamiento desde todas direcciones.
Rammstein – Asche Zu Asche
Majestuoso y satisfecho, el Cabrero miraba los estragos de las cabras que bajaban la colina, cuando distinguió fugaces borrones negros moviéndose entre ellas. Sonrió y levantando la guadaña, comenzó a hacerla girar sobre su cabeza.
Los Caballeros Negros tomaron forma a su alrededor y cargaron al mismo tiempo. Con la velocidad del rayo, el Cabrero esquivó a cuatro de ellos, golpeó a otros dos con el mango de su arma y la alzó sobre su cabeza justo a tiempo de bloquear la espada del encapuchado que le atacaba desde arriba.
Aquel era más fuerte que los otros, el Cabrero lo notaba, y la presión de la espada negra le empujaba hacia el suelo evitando que pudiera moverse. Los demás caballeros cargaron contra un enemigo que creían inmovilizado, pero el Cabrero apartó la espada que le bloqueaba, propinó una tremenda cornada al líder negro, y balanceó la guadaña con fuerza. El escudo de energía oscura hizo vibrar el aire a su alrededor y la onda expansiva echó a rodar a los caballeros por el suelo.
Sin embargo, no tuvo la fuerza que esperaba, mantener a las cabras controladas le estaba consumiendo demasiada energía. Los caballeros se pusieron en pie. Primero caminaron, después aceleraron, y finalmente se lanzaron sobre él con celeridad pasmosa.

Los Nazg... aballeros negros.
En el cementerio se escuchó un tremendo ruido semejante a un gong, y una luz blanca se extendió por él. Alcani comprobó con la boca abierta que había detenido la espada de Mor’Ladim con una sola mano. Claro que la mano llevaba un anillo que compartía su poder a partes iguales con la espada. El enano lo comprendió enseguida.
—Ahora que tengo tanto poder como tú —dijo a su adversario con una sonrisa—, la cuestión es ¿quien es más fuerte detrás de la magia?
—La cuestión es —respondió Mor’Ladim con su voz cavernosa—, que yo tengo un ejército de esqueletos y tú un saco roñoso.
Tenía razón. Alcani miró a su alrededor, aunque estaban lejos, no tardarían en llegar al ritmo que llevaban. Y sumados a Mor’Ladim, eran demasiado para él.
Y ya estaba a punto de zafarse de un golpe y echar a correr cuando apareció Alterio corriendo como una gallina con las alas abiertas, y gritando chorradas sobre Caballeros Negros.
Los esqueletos se giraron confusos hacia él, y Alcani aprovechó la única oportunidad que iba a tener. Lanzó una patada a la mano que sostenía a Archeus con su pierna izquierda y, partiendo de una postura que recordaba a un lanzador de béisbol, disparó el puño derecho, anillo incluido, contra el esternón de su rival.
El estallido de energía arcana, sacudió hasta la última juntura de los huesos de Mor’Ladim, que retrocedió dejando caer la espada. Alcani la recogió y se la colgó a la espalda.
—¡Al fin! —gritó Mor’Ladim satisfecho— ¡Morgan Ladimor ha muerto! Soy libre de la luz.
—Bien por ti. —dijo Alcani. Y le lanzó un último puñetazo cargado con la magia arcana de los dos artefactos.
El golpe desintegró a Mor’Ladim por completo desde el pecho hasta la punta de los pies.
Mientras, Alterio se alejaba vociferando perseguido por los lentísimos esqueletos del cementerio. No serían capaces de alcanzarle, razonó el enano. Alterio corría como un loco. Y es que estaba realmente loco.
El Maestro hizo recuento de bienes.
—Oro por aquí, oro por allá, y mucha magia. ¡Esto debe valer un dineral! ¡Me voy a forrar! ¡Más!
El enano ya ni se acordaba de por que había ido a por la espada. En Ventormenta habría compradores, seguro. Comenzó a bajar el monte en dirección norte, hacia Elwynn.
Webcomics en español
El buzón