Capítulo V. Archeus.
Ennio Morricone – The Strength Of The Righteous

Sarah sostenía la espada con firmeza, pero sabía que no serviría de nada ante la tormenta de cuernos que se le echaba encima. Cerró los ojos por un momento, asustada, pero una fugaz imagen de su padre le hizo abrirlos de nuevo. Y entonces, montado sobre el lomo de la cabra que iba en cabeza, descubrió a Viktor.
El pícaro se agarraba desesperadamente al pelaje del animal con la mano izquierda. Sujetaba con los dientes un frasquito con los restos de un líquido verdoso, y su mano derecha sostenía sobre su cabeza una daga curva, cuya hoja había perdido su brillo empapada por el veneno. La descargó con fuerza en el cuello de la cabra y saltó hacia adelante aprovechando la inercia de la carga.
Vik giró en el aire para quedar de frente a la estampida, y abrió los brazos desde el pecho descargando una lluvia de cuchillos arrojadizos sobre la primera fila. Aterrizó enfrente de Sarah mientras los animales que habían caído hacían tropezar a los que les iban siguiendo, pero solo pudo ganar unos segundos.
—¡Viktor! No te creía capaz de eso…
—Yo tampoco —al pícaro le temblaban las rodillas—. ¿Subimos ya?
—¡Ahora, Ladimor! —gritó la comandante Cerranegro.
Sarah alzó la mano y agarró la que le ofrecía su superior, mientras Viktor escalaba la pared lo más rápido que podía. Ya se encaramaba al borde del tejado cuando el rebaño impactó en el ayuntamiento haciéndolo temblar entre una nube de astillas. El muchacho perdió agarre y se precipitó entre las cabras ante los ojos de los soldados.
—¡No, Viktor! —gritó Sarah— ¡Le van a mat…!
De repente, algo sucedió. Los animales se habían detenido y miraban confusos a su alrededor. El pícaro se levantó sorprendido entre las peludas monturas. Los soldados sobre el tejado, notaron un temblor procedente de la colina del Cabrero, y cuando se giraron la ola de energía oscura les puso de rodillas.
—Si vamos a hacer algo —dijo Viktor a los vigilantes—, será mejor que sea ahora.
Momentos después los pocos guardias que se tenían en pie subieron la colina con Cerranegro, Sarah y Viktorsylver a la cabeza.
El Cabrero salió disparado hacia atrás ante el ataque de los Caballeros, y se estrelló contra un árbol. Aquel golpe le había dejado sin aire, y mientras miraba las oscuras figuras que se acercaban bajo la lluvia de cortezas y ramas, supo que no habría manera de poner fin a aquello sin liberar a su ejército.
—BIEN —pensó, aunque en su cabeza sonó más como un “BEEEEE”.
Se puso en pie (en pezuñas), y clavó el mango de la guadaña en la tierra a su lado. El ejército cornado quedó libre y la energía oscura volvió a él. Dos de los Caballeros se detuvieron. El Cabrero baló con fuerza. Otros dos parecieron quedarse atrás. Alzó la guadaña y sus ojos se iluminaron. Solo el líder de los Caballeros Negros continuó avanzando. El Cabrero sonrió mostrando sus afilados colmillos.
Mientras, el maestro Alcani se había detenido a orillas del río Nazferiti, y miraba apesadumbrado al bosque de Elwynn al otro lado. Las dudas empezaban a incomodarle.
—Había una razón, algo por lo que no debería ir a Ventormenta a vender esto…
La espada parecía devolverle la mirada. Archeus estaba impaciente.
—Claro… ¡Claro! No puedo volver porque… ¡¡Allí hay cincuenta enanos que me quieren matar!! Tendré que pensar como hacerlo.
Archeus se hubiera sentido realmente indignada si hubiera podido hacerlo. Y era mágica, así que probablemente eso fue lo que pasó.
Los Caballeros Negros no sentían miedo. Ellos daban miedo. Era su arma, igual que sus espadas. ¿Por que se habían ido deteniendo entonces? Lo habían hecho por parejas además…
Era una formación. El Cabrero no lo sabía, pero aunque se hubiera dado cuenta seguro que le habría dado igual. Hizo girar la guadaña una vez más, esta vez detrás de él, con una sola mano. La energía oscura estalló bajo él y salió proyectado como una bala hacia el primero de sus contrincantes. El líder Negro alzó su espada y sus esbirros clavaron las suyas en tierra e hincaron las rodillas. Esta vez fue él quien detuvo un golpe imparable. El perplejo demonio-cabra dudó un instante, y el contraataque comenzó. Una tormenta de borrones negros, chispas y reflejos metálicos rodeó al Cabrero y al líder de los Caballeros alimentado por la fuerza de los otros seis, a medida que los golpes eran lanzados con más fuerza y velocidad cada nuevo intento.

La carga del Caballero Negro
Cuando los vigilantes llegaron a la cima de la colina, se preguntaron para qué habían subido. Estaba claro que el combate estaba para ellos a otro nivel, tanto física como mágicamente.
—¿Y bien? —dijo Sarah— ¿Qué es eso que pretendías hacer, Viktor?
—Es… bueno… ¿Hay algún sacerdote por aquí? —balbuceó el pícaro admirando el despliegue de potencia maligna desatada ante ellos.
—Salva de flechas —dijo alguien a su espalda.
—¿Qué?
—Una salva de flechas incendiarias —se explicó la comandante Cerranegro—, lo arregla casi todo.
Los arqueros se miraron entre ellos sin entender la lógica de su superior. Hasta que ella se dio la vuelta con una mirada que les hizo dar un paso atrás. Después de todo, jamás habían sufrido en sus carnes la furia de un demonio-cabra, pero si que sabían de lo que era capaz Cerranegro.
Tensaron los arcos, soltaron y descargaron los flamígeros proyectiles sobre los combatientes. Los vieron subir, y bajar. Y después se quedaron con la boca abierta cuando los vieron girar y volver igual que se fueron.
—Creo que no ha sido una buena idea —murmuró Sarah mientras se tiraba al suelo con todos sus compañeros.
Con las manos sobre la cabeza, rodeado de flechas clavadas a su alrededor formando pequeños incendios, Vik vio llegar a Alcani correteando como un niño con la espada brillante en volandas.
—Menos mal, ya era hora —se quejó mientras se levantaba.
—¡Eh, Vik!
—Pensaba que te había pasado algo.
—Tienes que ayudarme a vender esto, Vik.
—¿Qué?
—¿A ti no querrán matarte cincuenta enanos?
—¡Claro que no!
—Genial. Toma esto, nos vamos a Ventormenta.
En cuanto el enano le dio las armas a Viktor, Sarah se adelantó, y se las quitó de las manos.
—Ya cojo yo esto —dijo.
Archeus sonrió como solo saben hacerlo los artefactos mágicos, con un resplandeciente fulgor de energía arcana.
Sarah echó a andar hacia la tormenta oscura pero se detuvo en seco cuando cada pícaro le puso una mano en un hombro, y la sentaron en el suelo.
—¿Dónde vas? —exclamó Viktor.
—Si, ¿dónde vas con mi oro? —le espetó Alcani.
—Esto es muy peligroso, Sarah.
—Si, yo soy muy peligroso, rubia.
—Aún con Archeus no sería suficiente, no eres lo bastante fuerte.
—Cierto, también necesitas el anillo. ¡Te la vendo por quinientos oros, y el anillo otros quinientos!
Cuando el emocionado enano le agarró de la camisa, la vigilante se cabreó de verdad.
—¡Ya basta! ¡RAAAH!
Lanzó un puñetazo directo a la barba pelirroja pero cuando el puño llegó, la barba ya no estaba allí, y acabó por encontrarse con la mandíbula de Viktor que cayó redondo al suelo. Ella se inclinó sobre él y le dijo:
—Creo que sé como hacerlo. Pero soy la única que puede, después de todo Archeus es la espada de los Ladimor. Voy a canalizar toda la energía de los dos artefactos y hacerla estallar de golpe.
—¡Pero igual te destruye a ti! —gritó Viktor.
—Puede que no.
—¡Te vas a cargar mi espada! —voceó el enano.
Sarah se encogió de hombros y echó a correr. Los dos pícaros salieron gritando tras ella.
—¡Sarah!
—¡¡Archeus!!
Magic Finger Project – Sandstorm
El Cabrero dio un paso atrás, blandió la guadaña y bloqueó el ataque del Caballero Negro. Había sido divertido durante un rato, pero ya era suficiente, no perdería más tiempo. Contraatacó ferozmente con el mango del arma, y aunque el Caballero consiguió desviar el golpe, eso le dejó expuesto a la cornada ascendente que llegó después. El Caballero aterrizó a unos metros y se puso en pie rápidamente. Atisbó un destello de luz de refilón y notó algo acercándose por la espalda de su contrincante.
El Cabrero se había dado cuenta también. Había sentido el aura procedente de Archeus incluso antes de tenerla cerca.
Sarah llevó el filo hacia atrás.
El demonio-cabra clavó su arma en la tierra, que se marchitó alrededor del filo.
La vigilante descargó el mandoble.
Y en el momento preciso el Cabrero se agachó, le agarró del peto de la armadura y con un rápido movimiento le hizo girar por encima de su cabeza, lanzando a Sarah como un proyectil humano hacia su oscuro rival. El Caballero dio un paso lateral sin apenas esfuerzo y Sarah fue a estrellarse contra los compañeros de este, que perdieron el enlace con su líder.
Ese era el momento, pensó el Cabrero, y echó mano a la guadaña. Sin embargo, su mano solo encontró el aire cuando la alargó hasta donde debería estar el mango. ¡La Guadaña de Elune se había esfumado!
Bueno, daba igual, habiendo perdido su poder el Caballero solo era un hombre. Y el era una cabra de dos metros diez. Comenzó a trotar hacia el líder oscuro, que respondió esbozando una estocada. El Cabrero apartó el filo con las manos y embistió con una fuerza arrolladora. Los huesos del Caballero se quebraron dentro de la armadura como ramas secas, cuando salió proyectado hasta la copa de un árbol. Sin embargo, los demás guerreros negros no se rindieron, aún sin su superior tenían ventaja ahora que el Cabrero había perdido la guadaña. Totalmente convencidos, dos de ellos se lanzaron tras la bestia.
Mientras, los otros cuatro se ocupaban de la vigilante que intentaba incorporarse. Habiendo desaparecido la guadaña, Archeus parecía un trofeo más que razonable para justificar la pérdida de su comandante.
Sarah estaba arrodillada cuando vio las cuatro siluetas negras cernirse sobre ella, alzó el anillo frente a su rostro, y llevó la espada hacia atrás. El primero de los Caballeros se abalanzó sobre ella, pero una sombra le hizo un placaje y rodó por el suelo agarrado a él.
—¡Corre, Sarah! ¡Sal de aquí! —gritó Viktorsylver, mientras se esforzaba por mantener la negra espada lejos de su cuello.
Para sorpresa del pícaro, la vigilante se valía perfectamente repartiendo mandobles cargados de energía arcana, y mantenía a raya a los tres Caballeros escudada con su anillo.
—Vik, idiota, ahora no haces más que estorbar.
Era cierto, el espadachín oscuro le ganaba terreno con cada empujón y estaba empezando a cansarse. Si Sarah tenía que ir a ayudarle a él se lo pondría más difícil. Por supuesto, así fue. A regañadientes, la vigilante se abrió paso hasta el pícaro y atacó al Caballero con el que luchaba, que soltó a Viktor y salió del radio de la espada con un salto.
—Ponte detrás de mí —dijo ella—. Y gracias, listillo, contigo aquí ya no podré hacer estallar la espada.
—Eh, lo siento, ¿vale?
—Ya veremos.
Más allá de los cuatro Caballeros, más allá del Cabrero que sostenía a los otros dos por el cuello, la comandante Cerranegro mandó cargar a sus hombres.
—Voy a terminar con esto de una vez —pensó.
Y lo mismo pareció pensar el demonio-cabra.
—¡¡¡BEEEEEEEEE!!! —se impulsó hacia donde se encontraban el resto de Caballeros luchando con Sarah, llevando en volandas a los dos que habían ido a buscarle.
Les lanzó con fuerza, primero uno y luego el otro, como bolas de bolos que derribaron a Viktor y a un par de los guerreros oscuros que le rodeaban.
Sarah se encontró con dos Caballeros detrás, y el Cabrero embistiéndole de frente. Se permitió una rápida mirada a Viktor. El pícaro intentaba quitarse de encima los dos oscuros que le habían caído encima. Posiblemente sus cuerpos le protegerían del estallido, pensó Sarah, pero tenía que hacerlo justo en ese momento. Si esperaba a que llegaran sus compañeros sería demasiado tarde.
—¡¡BEEEEEEEEEE!!
—Espero que al menos tu estés orgulloso de mi, padre.
Engarzó el anillo en la empuñadura de la espada, y la alzó frente a ella. El arma vibró con fuerza por unos instantes y se detuvo.
—LO ESTOY —dijo Archeus.

Archeus hits! Critical arcane damage!
El destello de luz pura generó una onda expansiva que lanzó por los aires al regimiento entero de los hombres de Villa Oscura, a los Caballeros Negros, a Viktor y al Cabrero. Los árboles temblaron, las cabras huyeron aterrorizadas y el bosque se iluminó cegando a la fauna acostumbrada a la penumbra reinante.
Segundos después, Viktor abrió los ojos. Estaba ileso. Ante él, Sarah sostenía el aire donde antes había una espada. Ella también parecía estar bien.
La vigilante limpió una lágrima que le caía por el rostro.
—Padre…
Se giro hacia Viktor y le dirigió una sonrisa.
—Supongo que no eras lo bastante oscuro como para temer la luz, después de todo.
—Supongo que no —respondió él.
Las tropas de Cerranegro se acercaban. Entre los arcos y espadas, Dodds les saludó desde la distancia.
—Dime Viktor —Sarah se dejó caer sobre la hierba chamuscada—. ¿Te quedarás esta vez?
—Creo que conoces la respuesta.
—Y yo creo que por lo menos, podrías ayudar a reconstruir el ayuntamiento.
—Vine buscando oro y me vas a poner a trabajar…
—Hablando de oro —Sarah miró a su alrededor— ¿Donde está…?
Viktor se echó las manos a la cabeza.
—¡El Maestro!
—¡Podría estar herido!
—¡Podría estar robando las ruinas del ayuntamiento!
Free – All Right Now
Mientras los humanos volvían a Villa Oscura, una barba roja pegada a un enano sonriente, se abría paso fuera del Bosque del Ocaso. Alcani había salido mejor parado de lo que esperaba, al final fue buena idea volver a la aldea. En su mano sostenía la Guadaña de Elune, y detrás de él, cien cabras hipnotizadas le seguían dando tumbos. Iba montado en Cabronías que, sorprendentemente, había salido ileso de la batalla.
—ESCÚCHAME, MORTAL —dijo el arma—, TU ALMA ME PERTENECE AHORA. JUNTOS SEMBRAREMOS EL MUNDO DE MUERTE Y DESTRUCCIÓN.
—Luego, de momento estoy liado con las cabras. Cuando las haya revendido ya hablamos de muerte y tal.
—¡ME OBEDECERÁS! ¡MI PODER SUPERA TODO LO IMAGINABLE!
—¿En serio?
—POR SUPUESTO.
—¿Dirías que eres un artefacto mágico muy, muy valioso?
—SI, YO… UN MOMENTO… ¡¿ME VAS A VENDER?! ¡EN CUANTO CAMBIE DE MANOS TE ARRANCARÉ EL ALMA!
—En realidad había pensado en desmontarte en piezas. Puedo sacar de ti, por lo menos dos bastones cortos y dos o tres dagas.
—MALDICIÓN…
El Cabrero se sentía realmente bien. Aún conservaba su forma de demonio-cabra, pero estaba libre de la influencia de la Guadaña. Era de noche en Ventormenta y sobre el tejado de la catedral soplaba un viento fresco. Ya no tendría que volver a matar para ella. Podría hacerlo por pura diversión.
Se irguió en toda su altura, hinchó sus pulmones hasta el límite y sus ojos se iluminaron. Se inclinó sobre el borde y se dejó caer en picado.
—BEEEEEEEEEEEEE —baló con voz ronca.
FIN
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[...] La Leyenda del Cabrero. Cap V. Fin. junio, 2009 3 [...]