Capitulo VI. Levantarse y volver a cargar.
Dimitri Papadopoulos Orchestra - Zorba El Griego



—¡No, no le mates, Rokwen! —gritó Allesyen desesperado.
—¡Me ha tocado una teta el muy cabrón! —respondió la elfa roja de ira.
—¡Pero si llevas un coraza de placas, es imposible!
—No se como narices se las ha apañado pero no va tener la oportunidad de explicarlo.
El susodicho pervertido, Viktorsylver, se retorcía de dolor a las puertas de la muerte, ahogándose en su propia sangre a los pies de la furibunda Rokwen.
—Escucha, Rok, si Viktor muere perderemos la prueba —el cazador sujetó a Rokwen por el brazo.
—¡No me vengas con chorradas de pruebas! ¡Te iba a matar! —ella se lo quitó de encima con un empujón que dio con sus huesos en el suelo.
—Ouf. Mmm, no lo creo, perdería él —dijo el elfo tirado en la hierba.
Viktorsylver hizo un esfuerzo sobrehumano y sacó de algún bolsillo una potentísima poción de sanación, pero cuando la llevaba de camino a la boca, la pesada bota de Rokwen la hizo pedazos en su mano.
El pícaro cerró con fuerza los ojos y dejó de moverse.
—A la mierda —refunfuñó Rokwen.
La paladín alzó su espada sobre la cabeza y la descargó con tremenda fuerza sobre el humano.
—¡No! —Allesyen alargó la mano en un esfuerzo inútil.
El corazón de Viktor dejó de latir.

El ángel de la resurrección. Entero.
Viktorsylver abrió los ojos. El mundo se había convertido en una sombra azulada, donde el único punto de referencia era una figura brillante.
—Acércate, Viktorsylver —susurró la figura.
—¿Qué… quién eres? —preguntó el pícaro protegiéndose el rostro con las manos.
—Soy el Ángel de la Resurrección.
—¡Madre mía! ¡Estoy muerto!
—No, no. La verdad es que aún no, pero andas bastante jodido. He venido antes para pedirte una cosilla…
—Tienes una voz casi varonil, para el pecho que tienes…
—Soy asexuado, haz el favor de comportarte.
Viktor entornó los ojos y se fue acostumbrando a la luz.
—Un momento… tú no eres un ángel…
—Claro que sí.
—¿Y las alas?
El Ángel puso cara de estar terriblemente ofendido.
—Ese es el maldito problema. ¿Recuerdas la almohada nueva de tu maestro?
—¿La Almohada Resucitadora Única E Inimitable Patentada De Alcani?
—Única e inimitable… —refunfuñó entre dientes el Ángel— Menudo bastardo. Adivina de donde sacó las plumas.
El muchacho comprendió, y esbozó una sonrisa torcida.
—Oh, jeje, bueno… oye, si no he muerto, casi mejor me voy.
Se acercó al ente luminoso y le dio un cariñoso abrazo.
—No te preocupes, buen ángel, todo se arreglará —le susurró al oído.
Mientras Viktor se difuminaba abriéndose paso al mundo de los vivos, escuchó al Ángel clamar furioso.
—¡Dile a ese mamón que me devuelva mis alas! ¡Se la tengo jurada! ¡El día que muera no va a resucitar en la puta vida! Mmm… Que incoherencia… no tiene sentido ningu… ¡Díselo!
Resignado se dio la vuelta y, tras dar dos pasos, se detuvo. Algo no iba del todo bien…
—¿Y mi muñequera? Me cago en… ¡¡Malditos Cofrades!!
Esta vez, Viktor no fue capaz de abrir los ojos, el terrible dolor había vuelto pero, por suerte, Allesyen había conseguido mantenerle con vida. O al menos, hacer que su corazón siguiera latiendo unos minutos más.
Escucho el rechinar metálico de las espadas cruzadas mezclado con gritos entrecortados.
—¡Apártate! —la voz era suave pero poderosa, como golpearte con una rama de olivo envuelta en seda. Probablemente su dueña sería la belleza asesina que le tenía revolcándose en el suelo.
—¡Ya es… suficiente! ¡Controla… tu ira! —aquel tipo intentaba parecer firme, y hablaba con decisión. Pero le estaba costando decir cada palabra. El pícaro no reconoció aquella voz como la de Allesyen. ¿Quién había detenido el golpe fatal?
—¡No te mueras Viktor, me echarán la bronca! —ese sí era Allesyen, estaba claro. Viktor pensó en levantarse y darle un cabezazo en la boca, pero su cuerpo no daba de sí para tanto.
Entornó los ojos y se encontró con los del cazador.
—¡Está vivo! —gritó este, levantándose de un salto. Se interpuso entre las brillantes armaduras y separó a los otros dos. Uno de ellos, un elfo rubio, se inclinó sobre Viktor.
—Aguanta —dijo, y colocó ambas manos sobre su pecho.
Vik sintió como la luz recorría su cuerpo velozmente, de forma suave y fluida, calmando su dolor y cerrando sus heridas. Aquella luz se movía de una forma insólita en un elfo de sangre y recordaba más a los antiguos paladines humanos. Cuando recuperó la sensibilidad de sus brazos, Viktor descubrió una muñequera brillante en su mano izquierda. El ángel no había sido un sueño después de todo.
El sanador de cabellos dorados se dejó caer hacia atrás, agotado. Sentado frente al pícaro, Ryen, paladín de la Luz, sonrió.
—He tenido que usar más poder del que puedo manejar ahora mismo… ¿Estás bien, muchacho?
Viktor apoyó la espalda en el árbol que casi se convierte en su lápida. Le había llamado “muchacho”, y parecía tener la mitad de años que él. Con los elfos nunca se podía estar seguro. Echó mano al cinto y se llevó a la boca una poción de sanación sublime mientras analizaba la situación. Pronto se sintió en plena forma.
Dándole un par de vueltas, podía matar a los dos paladines y noquear al cazador. No sería difícil, era más poderoso que la más fuerte de ellos y aún tenía el arsenal a tope. Un solo golpe preciso para cada uno, entre nubes cegadoras y un subidón de adrenalina. Respiró hondo.
Sabía que no iba a ser capaz. Demasiados escrúpulos para ser un pícaro. Una “doncella élfica”, un tontorrón que después de todo solo estaba jugando un juego y el otro, que por lo que sabía podría ser un Alto Elfo. Alcani seguro que se reiría de él.
—Putos orejones… —murmuró finalmente, resignado.
—De verdad que no entiendo porque no le dejasteis morir. Ahora jamás tendremos otra oportunidad —exclamó Rokwen envainando su espada.
—Está en juego el botín de la hermandad, Rokwen, si muere lo perderemos —explicó Allesyen.
—Te iba a matar, idiota.
—No iba a hacerlo ¿verdad que no, señor Sylver? —el cazador dio a Vik una palmadita en el hombro. El pícaro le miró con desprecio.
—Me lo estoy replanteando seriamente —susurró.
—Así son los humanos —la elfa dio la espalda al grupo—, no son de fiar…
Ryen se puso en pie apoyándose en su espada. El fulgor azulado en sus ojos se sobrepuso al verde.
—Nadie dijo eso cuando echaron a los trolls de nuestras tierras.
Rokwen y Ryen se encararon. Allesyen intuyó un interminable debate y lo detuvo antes de empezar.
—¡Al tema! Viktor, propongo que sigamos desde aquí. Como Rokwen me va a echar una mano con los trolls…
—¡A mí no me metas! —exclamó ella.
—Claro que si, mujer. Pues eso, tu igual te puedes llevar a Ryen, te será de ayuda ¿no?
Viktor no se lo podía creer. —Este tío es tonto —pensó. Se giró hacia el elfo rubio.
—¿Lucharías contra tu propia facción? —le preguntó.
—No, no, sería más como hacer de tu guardaespaldas, algo personal. Por lo que dice Allesyen, esto es un juego y debería ser justo. Para equilibrar la balanza, yo te protegeré.
—¡Si soy más fuerte que los tres juntos! —exclamó indignado Viktorsylver— Y tú solo eres… ¿Qué demonios eres tú?
El paladín enarcó una ceja, ofendido, e inclinó la cabeza esperando el final de la frase. Viktor suspiró.
—… el que me ha salvado la vida —concluyó el pícaro—. Está bien, puedes venir, pero recuerda que esto es una prueba seria, y yo no doy un cobre por nadie, ¿entendido?
—Nadie esperaba nada de ti. ¿Cuál es la prueba? —preguntó Rokwen.
—Básicamente, reventar Jintha’Alor hasta llegar al tesoro —respondió Allesyen.
—En marcha —el paladín rubio se adelantó bosque a través junto con Viktor, que desapareció de su lado en un parpadeo.
Los Espectros Errantes optaron por salir al camino y echaron a correr hacia la ciudad troll.
—Esto parece divertido. Vamos a cerrarle la bocaza a ese hombrecillo —comentó la elfa paladín al cazador.
—Bienvenida a la manada —dijo él.
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Udogada aterrizó pesadamente cerca de un pozo de brea que amortiguó el golpe. Se levantó con dificultad del pegajoso suelo y miró a lo lejos el lugar desde el que había salido despedido. Una nube de humo morado se alzaba en la zona del combate.
El Cabrero levitaba sonriente entre las chispas de energía oscura que recorrían su cuerpo. No había necesitado liberar el poder oscuro desde su combate con los Caballeros Negros, y ahora tenía una excusa para hacerlo. Sería divertido.
Frente a él, Daerel luchaba por mantenerse de pie y vendarse al mismo tiempo entre las briznas de sombra que proyectaba su rival. Lo había probado todo en combate físico. ¿Como superar a un ser tan poderoso a nivel mágico?
—¡¡¡BEEEEEE!!! —el Cabrero clamó furioso al cielo. Comenzó a descender lentamente y, cuando la punta de sus pezuñas rozó el suelo, se disparó como un misil de pura oscuridad. Cabalgando a cuatro patas, proyectaba un surco de destrucción a medida que se acercaba a Daerel.
—¡Ya! —La elfa sacó una trampa de algún lugar entre sus ropas y con presteza la lanzó hacia delante, recogió una piedra e hizo estallar en el aire la carga, de la que salieron un millar de serpientes furiosas, que cubrieron al Cabrero de pies a cabeza.
El demonio no se detuvo ni un ápice. Dio un salto y provocó una pequeña explosión de energía concentrada que convirtió a las culebras en puro polvo, que se perdió entre los árboles. Sin embargo, cuando salió de la nube de restos, Daerel ya no esperaba la acometida frente a él.
Sutil como una víbora, había pasado al contraataque. Interceptó al demonio-cabra en el aire, se agarró a su cuello y con un giro magistral se colocó a su espalda. Con saña, le dio un tremendo puñetazo en la nuca.
El Cabrero agarró a la elfa de un tobillo y la arrojó con fuerza contra el suelo. Daerel cayó pesadamente sobre un montón de hojas secas. Y entonces fue cuando la bestia se dio cuenta. Allí donde la elfa le había tocado, brotaba un humo azulado. Como anteriormente con aquellos puñetazos en el pecho, la reacción celeste de aquellos golpes se mezcló con la energía oscura. Cada ataque había creado para Daerel un punto de transfusión de mana. Ella se levantó.
—Tu poder es impresionante.
El Cabrero sonrió e hizo una reverencia.
—BEE.
Dae cerró el puño frente a ella y desencadenó el torrente arcano que había estado preparando. Una cascada de energía oscura despegó del Cabrero hacia ella.
—Ahora es mío.
El demonio-cabra observó perplejo como su energía era aspirada por la habilidad innata de los elfos. Despacio, comenzó a caminar hacia Daerel.
Con cada paso, ella tomaba más y más poder oscuro, la tensión se acumulaba en su cuerpo, y sus ojos se tornaban de un color morado intenso. Se arrodilló y tomó su arco. Preparó una nueva salva, esta vez, todas las flechas serían disparos arcanos de máximo nivel.
—MI PODER ES MÁS DEL QUE PUEDES SOPORTAR —dijo el Cabrero, con sorprendente elegancia—, SI CONTINÚAS TOMÁNDOLO MORIRÁS.
Daerel hincó una rodilla en la tierra. La vista comenzó a nublársele.
—SI LO UTILIZAS Y MUERO, PERDERÁS —el demonio se detuvo frente a ella.
Estaba demasiado cerca para apuntar a puntos no vitales. La elfa no podía moverse, y no podría disparar sin matar a su adversario con una potencia semejante.
—FINALMENTE, SI LO DESPERDICIAS, YO MISMO TE MATARÉ POR ELLO. LIBÉRALO PARA QUE VUELVA A MÍ.
—¿Tienes miedo? —la oscuridad comenzó a transformar a Daerel, sus colmillos crecieron lentamente.
—NO. ¿Y TÚ?
—A estas alturas me importa poco perder. Si tengo que matarte para no morir yo, lo haré. Pero no voy a perder por haberte devuelto tu poder estando en las últimas.
El Cabrero lo meditó un poco. Torció el cuello hacia un lado y después hacia el otro.
—VEO QUE NO TENGO MANERA DE GANAR Y SOBREVIVIR. ESTOY COMO UNA CABRA, PERO NO SOY UN SUICIDA. ABANDONO.
—¿Has oído eso, Udo?
El tauren llegó corriendo. Jadeando y cubierto de brea, Udogada se apoyó en las rodillas, levantó un dedo y asintió con la cabeza.
—Sheee.
—Bien, entonces —la elfa suspiró y dejó que la energía oscura volviese lentamente a su dueño. Sus rasgos se suavizaron de nuevo a medida que la corriente púrpura volaba hacia el demonio.
—UNA LÁSTIMA, LO ESTÁBAMOS PASANDO MUY BIEN.
El Cabrero se acercó a Daerel, que tenía la vista perdida. Cuando ella finalmente se desmayó, la bestia se la echó al hombro.
Más tarde, los tres volvían caminando hacia lo que quedaba del botín. Que era lo que ya no habían podido cargar los dos pícaros.
—Buen trabajo, Udogada —se burló Dae—, a ver como le explicas esto a Zhul. O mejor, a Alcani.
—Esos dos pícaros son unos hijos de… de… la Gran Madre Tierra. Pero seguro que recibirán su merecido —farfulló el tauren, molesto.
El Cabrero dejó a la elfa en el suelo, y echó una enorme zarpa por encima de sus hombros.
—ASI QUE… TE GUSTAN LOS CORNUDOS GRANDOTES ¿EH?
—Solo uno —ella se quitó el peso dándole un codazo en las costillas, que él apenas notó—. Oye, respóndeme a una cosa, ¿tú, realmente eres un pícaro? Pareces más un brujo.
—BUENO, SOY OSCURO, ME ESCONDO EN LOS TEJADOS Y ENTRE LAS SOMBRAS, TE MATO SIETE VECES ANTES DE CAER AL SUELO, SOY UN CABRÓN… Y ROBÉ MÁS DE 1500 OROS A BASE DE CABRAS EN MENOS DE UNA NOCHE. RÉCORD DIGNO DE ALCANI.
—Ese Alcani, no sé como se las apaña para teneros a todos detrás —comentó la elfa furiosa—. Incluso a alguien como tú.
—BUENO, MMMM….. ¡¡BEEEEEEEEEEEEEEEE!!
—Demasiado tarde para hacerse el estúpido —susurró Udogada.

La Gran Sala de Orgrimmar y un pensativo Thrall.
En Orgrimmar, gran capital de la Horda, el poderoso Thrall regía majestuoso. Sentado en su trono recibía a sus subordinados, y juzgaba a sus enemigos con su mirada penetrante. Nadie interrumpía sus palabras, nadie osaba desafiar su supremacía y nadie se atrevía a perturbar su reposo.
Y de pronto, sobre su cabeza, el techo estalló en pedazos y un bulto humeante cayó frente a él entre una lluvia de cascotes.
La guardia se armó rápidamente, rodeando el lugar del impacto y bloqueando las puertas de la gran sala. Thrall blandió su gigantesca maza.
—Seas quien seas —clamó el orco supremo—, te arrepentirás de haber entrado aquí.
El bulto se levantó apartando unos tablones de encima, se sacudió el polvo de los hombros y apagó unas ascuas que aún humeaban en su barba.
—¡Hombre! —exclamó Alcani— ¡El amigo Thrall!
Ocean Colour Scene – Hundred Mile High City
Thrall dejó caer la maza y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Tú!
—¿Qué pasa? —el enano se inclinó hacia adelante entornando los ojillos y le señaló con un dedo rollizo— ¿Tienes lo mío?
—¡Sí! Digo… ¡No! ¡Atacadle de una puñetera vez! —chilló Thrall.
Los enormes orcos cargaron con sus gigantescas hachas, mientras su caudillo recogía el arma dispuesto a saldar radicalmente la supuesta deuda.
En ese momento las puertas del gran salón se abrieron y un furibundo tauren entró resoplando.
—¡¡Alcani!! —Zhultarak se detuvo cuando todas las caras verdes se giraron hacia él— Ah, bueno, que está usted también, lo siento mucho. Déle, déle, cuando se canse ya me lo llevo yo.
Cuando la atención volvió a posarse sobre el enano, él ya no estaba allí. En su lugar yacía un orco desnudo con el cráneo abollado.
Thrall le miró perplejo.
—¿Dónde se ha metido? ¡Tú, tauren! —exclamó buscando a Zhul.
Sin embargo, el tauren tampoco estaba ya. Había echado a correr calle abajo, hacia las puertas de la ciudad.
Minutos más tarde, cerca de allí, un guardia bajito se acercó al banquero local.
—A ver, inspección de cámaras acorazadas —dijo el guardia.
—¿Qué? Aquí nunca se han hecho inspecciones —farfulló el banquero.
—Son órdenes de Thrall, leche, ¿no ves que soy la puta élite de la guardia? Quita p’allá.
El guarda apartó al banquero de un puñetazo en la rodilla y se coló en una cámara de hermandad, de la que salió con dos sacos llenos de oro.
—Este oro está caducado y es ilegal, ¡panda de sinvergüenzas!
—¿Caducado?
—Hombre, claro, esto hay que retirarlo de circulación. Da gracias a que me lo llevo y no os mando encarcelar a todos, que puedo, porque soy verde y gordo, y me gusta comer cerdo… ¡Coño, un furibundo exaltado!
Zhultarak estaba en la puerta del banco bloqueando la salida con ambos brazos, de los que colgaban jirones de cuero quemado, aún humeante.
—¡Suelta eso ahora mismo y no te muevas! —gritó.
—¡Oh, que osadía! —exclamó Alcani con teatrales gestos— ¡Un ladrón traidor cornado! ¡A por él, muchachos!
Los banqueros no se movieron. Sus ojos viajaban de uno a otro, decidiendo cual era más sospechoso, si el guardia pequeñito cargado de oro o el vagabundo zarrapastroso de la mirada desquiciada. Alcani cogió uno de los sacos “caducados”, lo hizo girar como aspa de molino y se lo tiró a Zhul, que lo detuvo al vuelo. Cuando volvió a mirar, el enano había volado y solo quedaban dos banqueros cabreados. Uno de ellos se llevó las manos a la boca para llamar a la guardia. Zhul dejó caer la saca. El otro cogió una porra. Zhul echó a correr hacia las puertas de la ciudad.
El tauren agotado dejó atrás a sus perseguidores y llegó a la torre del zeppelín, que se erguía al este de Orgrimmar. Descansó un segundo y entonces escuchó un grito procedente de la parte más alta. Era uno de los goblin que manejaban el transporte aéreo de la región.
—¡He dicho que no, y es que no! ¿Tengo que patearte para que lo entiendas, estúpido enano? Oye, ese tablón que estás arrancando del suelo es mío… ¡No, vale, joder, quédatelo! ¡AH! ¡En la boca no!
Medio segundo más tarde, a Zhultarak le empezaron a llover dientes del cielo, seguidos del resto del goblin, desnudo, que levantó una polvareda al estrellarse a sus pies. El tauren resopló y subió a zancadas la rampa en espiral hasta lo alto de la torre. Allí, Alcani se quitaba de encima a los furibundos operarios verdes agitando un tablón de madera en cada mano como si fuera un director de orquesta. Cuando subió al zeppelín, no quedaba ni una costilla sana entre la tripulación.
El globo ya estaba saliendo cuando Zhul llegó arriba.
—¡No huyas! ¡Te perseguiré hasta el mismo infierno!
—¡Está completo! —gritó Alcani— ¡Pilla el siguiente!
El tauren corrió, dio tres largas zancadas como un jugador de baloncesto y saltó.
—¡Vamousss! —alargó la manaza tanto como pudo y se agarró al cabo de amarre del zeppelín justo por la punta.
El aparato apenas se movió, y pensando que le había dejado atrás, Alcani decidió divertirse un rato. Sacó sus espadas y bajó a los compartimentos de la barcaza, donde descansaban un par de viejos orcos y un troll con cara de pocas luces pero mucho oro. El enano sacó una gorra de cuero que minutos antes era del timonel.
—¡Revisor! ¡Dejen su oro en la bolsa y nadie saldrá herido del zeppelín!
Los orcos, un matrimonio anciano, se miraron.
—Kruldivigis, ese revisor no es el de siempre.
—No seas grosero, Aplastaurelio, y dale el oro al señor.
—¡Siempre tengo que hacer lo que a ti te dé la gana! ¡No me gusta y no le pienso dar un solo cobre!
El troll soltó una risilla nerviosa. La anciana se giró hacia el enano, y le dijo:
—No se lo tome a mal, es que tiene el colon irritable.
—No pasa nada —Alcani les ofreció una sonrisa llena de amable complicidad—, les iba a tirar por la borda de todas maneras.
Zhultarak ya llevaba escalada media cuerda cuando los dos ancianos verdes pasaron haciendo molinetes a su lado, botaron sobre el globo de otro zeppelín que cruzaba por debajo, y finalmente cayeron al agua de la costa este de Kalimdor. Ambos emergieron alzando un puño en alto mientras se acordaban de todo el árbol genealógico de Forjaz. El tauren continuó subiendo a pulso con renovada determinación, hasta que un troll le rebotó en la cabeza. Por un segundo perdió agarre y estuvo a punto de caer, pero se recuperó y retomó su marcha. El troll cayó inconsciente, chocó con la vela de un barco de la Alianza y se estrelló pesadamente en cubierta, rodeado de elfos de la noche, que no parecían nada contentos de verle.
—JAJAJA, verás cuando abra los ojos. Le va a faltar agua para nadar.
Zhultarak miró hacia arriba y vio a Alcani asomado partiéndose de risa. Aún no le había descubierto.
—A tí si que te va a faltar —susurró el tauren para sus adentros.
Solo un poco más. En el aire, el enano no tendría escapatoria posible.
—¡JAJAJA! Madre mía, soy el tío más grande del planeta.
Señorespía arrastraba pletórico dos sacos de oro. Delante de él, Marajute tiraba de otros cuantos abriendo surcos en el suelo de Los Baldíos.
—Yo creo que no —dijo sobriamente.
—Tío, tenemos que hacernos socios, ¿has visto como nos hemos llevado los sacos? ¡En un parpadeo! Una pena, porque si nos hubieran visto les habría dado lo suyo a esos mamones. BUUM, cuernos volando, BAM, adiós orejona… bueno, ya me entiendes.
El troll dio una calada al puro. Exhaló el humo muy lentamente mientras, mirando al cielo, meditaba. ¿Se lo metería en un ojo y echaría a correr? ¿O bien se lo tomaría con más calma y le daría una buena paliza, pero con tiempo?
El gnomo aceleró un poco y se puso a su lado.
—¡Eh! ¿Me estás escuchando, hijoputa? —dijo.
El troll se giró con una mirada amenazante y se cambió el puro de un lado a otro con la lengua. Señorespía intento arreglarlo sin mucho acierto.
—Quiero decir, socio hijoputa. No es por nada, pero soy siete veces más fuerte que tú, muy veloz, y te puedo matar.
—He oído que si te cortas una extremidad, te sale otra de mayor tamaño… No me lo creo. Igual pruebo contigo —susurró Marajute.
Llegaron a Trinquete, puerto franco de los goblin en la costa este de Kalimdor, y escucharon por las calles la última hazaña de Alcani en la torre de Durotar.
—Sin ropas, sin oro, sin dientes, sin dientes de oro… —contaba un goblin a sus camaradas.
—¿Alcani? —preguntó Marajute al gnomo.
—Oh, si. Es el mejor de todos. No te gustaría cabrearle.
El troll sonrió, y levantó un saco a reventar de objetos brillantes y monedas de oro.
—¿Te refieres al dueño de esto?
—Mierda, no habíamos pensado en eso cuando lo robamos ¿eh? —exclamó el gnomo mordiéndose las uñas—. Nos va a pisotear.
—Con un poco de suerte no nos encontrará —dijo el pícaro de los colmillos largos.
Los pícaros subieron al barco que les llevaría a Tuercespina, paraíso fiscal y también tropical. Y mientras Marajute acomodaba el oro en cubierta y Señorespía ladraba a los pasajeros como un perrillo chico, algo dentro del saco de Alcani comenzó a vibrar y desprender un fulgor esmeralda…
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Hombre, SPAM!
Que subidón.