Thaar. Cap I.

18 11 2010

Thaar. Cap I.

 Siempre había sido así, era huérfano y lo aceptaba. Aceptaba ser diferente o carecer de cosas importantes sin cuestionarse el por qué. Simplemente era lo que le tocaba y después de todo en aquella exigente tierra no había mucho tiempo para preguntarse ese tipo de cosas. Estar vivo cada día era uno de los mejores premios que alguien podía tener. La guerra había robado muchas vidas y el clima no había sido tampoco compasivo. Allá donde los orcos fueran siempre estarían ligados a la batalla y a la inclemencia del tiempo. Así lo elegían como pueblo guerrero y así lo habían aceptado a lo largo de los años. Durotar no era el mejor sitio, pero así se había elegido y allí nació él.

Con un entorno tan duro la adaptación al medio era algo imprescindible. Sobrevivir era el pan de cada día y así cada día Thaar escapaba del orfanato de Orgrimmar para divertirse.

A pesar de que en el hospicio para huérfanos de Orgrimmar le proporcionaban todo lo que necesitaba para vivir, él sentía por instinto la necesidad de buscar de forma más divertida metas para sobrevivir. Para el chico diversión era sinónimo de peligro. Una nueva daga, pan, costillas o cualquier objeto que a un crío de su edad valorase ciegamente aún sin necesitarlo y fuese fácil de hurtar.

Consideraba robar una actividad lúdica y había escuchado historias de enanos ladrones cuya codicia no tenía fin aunque para él eran solo historias a imitar. En él la codicia no tenía lugar. Se conformaba con algún manjar poco común y lo consideraba un extra merecido aparte de la comida del orfanato.

Una mañana, el olor de carne asada llamó su atención. En el Valle de la Fuerza de Orgrimmar, un tendero despistado asaba carne. Thaar aprovecho un descuido del tendero para tomar un trozo y echó a correr. Trepó por una pila de cajas hasta un tejadillo de caña rojiza y se detuvo para saborear su premio. No tuvo tiempo, el tendero vio al chico en lo alto y profirió una serie inteligible de gritos hacia él. Rápidamente, se lanzo por la parte más inclinada del tejado, resbalando con las piernas por delante, se agarró a una cornisa y se impulsó hacia un camino en un nivel más alto del suelo.

El joven orco continuó corriendo. Los pronunciados desniveles y barrancos de la ciudad de Orgrimmar ya no eran un reto para él. Desde muy pequeño estaba acostumbrado a ir brincando de un sitio a otro sorteando todo tipo de obstáculos y la verdad sea dicha, se le daba muy bien.

Rodó bruscamente por el suelo al bajar de un desnivel, y aprovechó el impulso para incorporarse rápidamente y alcanzar el siguiente tejado accesible desde el que saltar al contiguo hasta un lugar seguro. Estaba medido y calculado, lo había hecho miles de veces y no podía fallar. Al menos eso pensaba, hasta que al saltar al siguiente tejado, la lona que lo formaba cedió por su peso y se encontró cayendo envuelto del aquel tejido rojo. Cerró los ojos y espero el impacto. Se alegro al sentir que no había sido todo lo fuerte que cabía esperar aunque con el golpe había derribado más objetos de la estancia del primer piso de aquel edificio.

Cuando consiguió escabullirse de debajo de aquella lona el corazón le dio un vuelco. Una antorcha próxima se había volcado y tanto la lona como el suelo estaban comenzando a arder y las llamas se extendían rápidamente

Cuando consiguió reaccionar, se asomo a un ventanuco para planear la bajada. No había demasiadas posibilidades y no tenía tiempo. Tenía que salir de allí y huir lejos lo antes posible. Sin pensarlo dos veces, saltó al vacío donde la dura arena lo recibió impasible. El golpe había sido contundente y sentía como el dolor se extendía por todo su brazo izquierdo hasta su pecho. Haciendo un gran esfuerzo, se incorporo y se alejo de los alrededores Corrió sin mirar atrás hacia la entrada trasera de Orgrimmar cuando los tambores de alarma comenzaron a inundar la ciudad. Sabía que esta vez no había excusas como en las travesuras anteriores y continuó corriendo a través del puente de entrada mientras el dolor del brazo iba menguando.

Dejo de correr cuando los sonidos de los tambores dejaron de oírse en la lejanía. Echó un vistazo alrededor. Las cálidas praderas de los baldíos lo rodeaban. Se acerco despacio al río furia del sur. Al otro lado su amada Durotar y la entrada principal de Orgrimmar. En la orilla observó  su reflejo borroso por las ondas que sus lagrimas provocaban al caer en el río No sabía cómo había podido ocurrir. No sabía cómo afrontarlo. Lo único que aquel joven huérfano sabio es que no podía volver. Aquello había pasado de ser un juego estúpido a algo que podía matar gente. Un escalofrío agudo recorrió su cuerpo al pensar que alguien podría haber muerto en ese incendio. No solo por el castigo, sino porque jamás había arrebatado la vida ni consciente ni inconscientemente a nadie.

El miedo le impulso a  alejarse del río y seguir corriendo.

Cuando no pudo correr más, comenzó a caminar. No sabía qué hacer ni a donde ir. Probablemente lo estarían buscando para castigarle y, ¿quién sabe? A lo mejor si lo encontraban lo desterrarían

A medio día, estaba exhausto. El calor, el miedo y el cansancio no le permitían ya pensar ni avanzar bajo aquel abrasador sol y cayo rendido bajo un árbol seco. Cuando abrió los ojos vio el techo de madera y lona que le protegía del sol. Una mesa, la cama en la que estaba y unas estanterías eran lo único en aquella estancia aparte de una puerta y una ventana ambas cubiertas por gruesas cortinas.

Se trataba de una pequeñísima y rudimentaria casita construida con un estilo similar a las de su ciudad natal.

La primera idea que surgió en su cabeza era la del terrible castigo que podía recibir. Estaba claro que lo habían encontrado y que serían implacables. Se abalanzó hacia la ventana y miró el exterior. No era Orgrimmar, aún estaba muy lejos de casa pero estaba seguro de que pronto le llevarían de vuelta. Antes de saltar al exterior cogió de la mesa algo envuelto con un trapo húmedo sobre un plato con la idea de que sería alimento.

En el exterior comenzó a correr desesperadamente y más rápido aún cuando escucho una voz a su espalda cerca del corral que le llamaba.

Pronto encontró un camino que llevaba a la frontera entre Los baldíos y Vallefresno, una estrecha garganta daba acceso al frondoso bosque. Paso corriendo a través de la empalizada abandonada que le recordó que se adentraba en un terreno dominio de los elfos de la noche, enemigos de la Horda. En aquel momento pensó que sería peor el castigo que recibiría en Orgrimmar por lo sucedido que el ser capturado por la alianza.

Cuando se detuvo el silencio le rodeaba y pudo discernir en el camino del que venía un potente sonido que se aproximaba.

Se escondió en un árbol hueco y aguardó. De la empalizada surgió un enorme lobo negro cuyo jinete era un musculoso orco. No muy lejos del escondite del chico, el orco paro su montura y oteó el bosque en busca del muchacho. A pesar del miedo, el chico no hizo ni un solo sonido. Estaba impresionado por aquel orco y su montura. Aquel personaje vestía con arneses y cadenas e iba armado con dos grandísimas hachas. En Orgrimmar había visto lobos pero en pocas ocasiones  tan grandes y los guerreros con potentes monturas nunca pasaban por la ciudad. Si estaban buscándole de esa forma, el castigo, pensó, seria la muerte o algo peor.

El muchacho salió cuando el guerrero dio media vuelta, resignado, y se alejó por la garganta.

Decidió revisar su botín, cuando desenvolvió el trapo encontró en su interior una generosa porción de queso y se dio por satisfecho con aquel manjar.

Caminó durante horas hasta que la noche había caído, ahora el bosque parecía mucho más amenazante y desde el primer momento le picaba la nariz debido al aire del lugar. Entre los árboles se movían tenues luces que proyectaban macabras sombras.

El miedo a la oscuridad no era parte del perfil de Thaar pero en aquel lugar desconocido y hostil todo hacía mella en su firmeza. Decidió detenerse al borde del camino. En la oscuridad podía escuchar los sonidos del bosque. Aún sin poder ver en la oscuridad se sintió seguro y capaz de poder oír cualquier peligro que se le acercase en aquel silencio interrumpido por las lechuzas y el viento.

Inesperadamente, una mano agarró al muchacho. Dos fuertes brazos lo apresaron y una de las manos le tapaba la boca. En ese instante pensó que era su fin. Los potentes y musculosos brazos de un orco lo estrechaban con tal fuerza que creía que le iba a estrangular. La presión en el pecho y en la cabeza a penas le permitirían recuperar el deseado aire que le daría unos segundos más de vida a aquel pobre desgraciado.

Gradualmente la presión fue cesando y si bien no era libre aún, podía ahora tomar aire mientras aterrorizado escuchaba la voz de su captor.

—¿Qué hace aquí un joven orco como tú? En tierra de nadie… en territorio en disputa… Has tenido mucha suerte, a solo unos minutos de aquí hay centinelas del refugio de la Algaba esperando para tender una emboscada a mi escuadrón, renacuajo.

Aún se preguntaba cómo era posible que no hubiera escuchado aproximarse a aquel inmenso orco cargado con grandes armaduras que aún sentía con fuerza en su espalda. No lo había visto aún pero por el tamaño de sus brazos y su inmenso pecho debía de ser gigante.

—Salgamos de aquí, renacuajo estúpido. Pero no te atrevas ni a respirar si no quieres que nos maten — Dijo el orco echándose al muchacho al hombro como si de un trapo se tratase.

El miedo de haber sido capturado por un orco y el consiguiente castigo por lo sucedido en Orgrimmar se mezclaban con una sensación de alivio al ver que en el otro hombro reposaba una gran hombrera con pinchos.

Mantener el silencio era su mejor opción al parecer a pesar de que notaba en sus costillas la implacable fuerza de aquel orco al correr hacia donde quiera que lo llevase.

Por fin el orco dejo bajar al muchacho frente a una empalizada tosca de madera. Por un momento le pareció estar en los límites del bosque y Los Baldíos pero pronto se percató de que no era así. Tras la empalizada se alzaba un asentamiento orco bien protegido por centinelas a la entrada. Aquello parecía estar en un lugar conflictivo como protegiéndose de numerosos ataques sin tregua. Fue arrastrado hasta el interior, no logró ver  ningún niño en las inmediaciones, todo eran orcos adultos preparados para la batalla.

Al fin podía ver al orco cara a cara, las palabras no surgían de su garganta. Aquel orco, como supuso, era imponentemente enorme y aún cuando se arrodilló para acercarse al muchacho, éste tuvo que levantar considerablemente su mirada hacia la cara del adulto.

—Has vuelto a nacer hoy… ¿Tu nombre?

—Thaar…— Consiguió articular temeroso de recibir el castigo.

—Vaya, tu eres el chico que ha montado tanto revuelo en Orgrimmar —dijo con gesto enfadado.

Parecía saber lo ocurrido y no estar muy contento con la noticia.

—Llevan buscándote desde ayer… ¿En qué estabas pensando para huir? —dijo levantando el tono mientras se ponía en pie.

La cara del orco no daba ni un solo atisbo de piedad o condescendencia hacia el muchacho.

El miedo aumentaba por momentos y Thaar no sabía que decir.

—En la ciudad están todos muy preocupados por ti, temíamos que te hubieran capturado, o que en un encuentro con un animal salvaje hubieses muerto.

Esta frase alivio al chico, parecía que después de todo se preocupaban por él.

El orco se giró hacia un guardia y le ordenó avisar a su escuadrón y ordenar la retirada.

El cansancio del muchacho se hacía tangible y fue llevado del brazo hasta una madriguera orca cercana.

—Hoy descansaras aquí, mañana veremos lo que decido hacer contigo — el orco salió de la estancia y cerró la puerta tras él.

Thaar pensó en fugarse de nuevo. Aunque intuía que lo buscaban preocupándose por él, no estaba seguro de nada y estaba cansado y confundido. Por un ventanuco asomó la cabeza. En la entrada un  Tauren marrón, desmontado de su bestia kodo, conversaba con el vigilante de la entrada. Pronto desechó la idea de huir, en su estado no podría ni siquiera salir del asentamiento y menos aún sobrevivir en el bosque. Pronto cayó dormido.

No pasaron demasiadas horas hasta que un fuerte sonido despertó al chico. La puerta de la madriguera estaba abierta de par en par. El orco aguardaba en la puerta mirándole fijamente a los ojos. Al menos ahora estaba descansado y aunque no sabía cuál sería su destino, podía ver al orco con claridad bajo la luz del sol.

—¡Venga muchacho! ¡Tenemos cosas que hacer!

El miedo tensó su cuerpo y se levantó rápidamente. Siguiendo las órdenes de aquel al que no sabía si considerar su captor o salvador, salió de la construcción orca.

Pudo ver el lugar con luz. Parecía mucho más esperanzador que bajo la luz de las antorchas. Los rayos de sol no eran tan intensos como en Orgrimmar debido a la capa de ramas que cubrían permanentemente el bosque pero podía distinguir el olor de las hogueras y la comida recién hecha. Se sintió reconfortado al recordar Orgrimmar.

El orco sentó al chico en un tronco de árbol, frente a un pequeño fuego improvisado y junto a otro orco casi tan grande como él.

—Jeje… ¿Este es el chico que trae de cabeza a medio Orgrimmar? —dijo el orco.

Mientras se sentaba, su captor asentía con la cabeza. Esa frase hizo renacer el miedo en el interior de Thaar.

El orco menos corpulento señaló la hoguera.

—Coge, le ordeno su captor.

Obediente el chico tomo un palo y retiro algo de carne del fuego.

—Come algo…

De nuevo acató la orden y esta vez de muy buena gana. Después de todo no había comido demasiado desde hacía tiempo salvo el queso robado de aquella especie granja.

Uno de los orcos recolocó el fuego y añadió un tronco más de una pila de madera cercana.

—¿Que harás con él, Torek?

El gran orco miró al chico.

—He pensado que podría ayudarnos aquí en Puesto Hachazo.

—¿Pero qué dices? —dijo el otro riéndose— Si es un crío…

El orco esbozo una sonrisa.

—Sí, lo es, pero no creo que quiera volver a Orgrimmar.

—Vamos, Torek no asustes al muchacho.

El orco de nuevo se dirigió a Thaar.

—Mira chaval, voy a contarte la verdad. En Orgrimmar la has liado buena. El edificio ha quedado en muy malas condiciones pero nadie ha resultado herido —una sensación de alegría recorrió la mente del joven.

—No están nada contentos contigo por allí, pero eso no significa que vayan a matarte. De hecho están preocupados por ti y te están buscando para llevarte de nuevo a casa. En este momento estarán recibiendo la noticia, esta mañana envié una lechuza mensajera a Orgrimmar para informar de tu paradero. Según yo lo veo, tienes dos opciones. Quedarte aquí y servir a la horda incondicionalmente sin salir de este asentamiento o regresar a Orgrimmar, donde te castigaran pero seguirás siendo un niño malcriado. Tú eliges, tienes hasta mediodía.

Tras el almuerzo, Torek salió a patrullar. Thaar se quedó toda la mañana pensando en Puesto Hachazo. Volver era aburrido. Nada ni nadie lo ataba a aquel lugar. Pensó que sería más divertido quedarse y aprender nuevas cosas, aunque fuera en aquel extraño lugar. ¿Quién sabe lo que podría hacer allí?

Cuando Torek regresó ya había pasado el medio día. Por lo que escuchó, el escuadrón se topó con unos centinelas en el bosque. La batalla parecía cruenta, todos los orcos tenían el cuerpo repleto de sangre y heridas y por lo que parecía habían perdido algún componente.

El escuadrón con Torek a la cabeza pasó por delante del muchacho sin reparar en él. Parecía que iban a descansar y limpiarse. Se preguntaba en ese momento que habría ocurrido si lo hubiesen encontrado a él solo e indefenso o si no lo hubiera encontrado aquel orco a tiempo.

Pasado un rato Torek localizó al joven y le hizo una seña. El chico lo siguió hacia la taberna. A esas horas estaba vacía y en un asentamiento de batalla nunca estaba demasiado llena. Se sentaron en la mesa. Thaar se percato de una herida que Torek tenía en el brazo, era reciente, probablemente del enfrentamiento de ese día con los centinelas pues aún estaba abierta.

—E… Eso… ¿Duele?— preguntó el chiquillo.

—Hehe… Parece que sabes hablar… Eso está bien. Sí, duele un poco pero estoy acostumbrado —dijo mientras se retiraba un gran arnés y mostraba su pecho al joven. Estaba repleto de cicatrices de grandes armas y algunos impactos de flecha. Parecía que Torek había librado grandes batallas siempre con la suerte de su lado porque las cicatrices parecían esquivar sin explicación la mayoría de sus órganos más importantes.

—Y bien, chico… ¿Qué has decidido? ¿Volverás a Orgrimmar o te quedaras aquí a ayudarnos?

—Creo que me has salvado la vida y… —dijo tímidamente y tras una pausa— Deseo quedarme aquí y servir a la Horda en lo que pueda.

—¿En lo que puedas? ¿Y… qué es lo que puedes hacer? ¿Qué sabes?

—Poco…

—Lo imaginaba. Aún no creo que hayas podido llegar hasta el bosque y hayas sobrevivido solo. Sin duda alguien vela por ti, hijito… —el tono del orco y la expresión de su cara fue haciéndose más cercana y gentil—. Lo primero que tendrás que aprender es a luchar contra los elementos. Supervivencia, plantas, lugares, caza…  Una vez sepas eso te enseñare todo lo que necesitas saber sobre la batalla. Demasiados objetivos y tan poco tiempo. Por suerte para ti esta herida me mantendrá sin patrullar algún tiempo. Si eres perezoso, o si no sirves te devolveré al lugar del que saliste, el bosque…

Parecía que la compasión de Torek con aquellos que no cumplían sus expectativas era nula y rozaba la crueldad. Thaar supo desde aquel momento que todo iba a cambiar, sabía que tendría que aprender rápido, adaptarse o morir… No importaba demasiado porque después de todo era su pasado, su presente y su futuro, y no solo el suyo sino también el de su pueblo.

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