Thaar. Cap II.
Los siguientes días Torek estaba en el campamento. Con la herida del brazo era un riesgo para él y su escuadrón salir a patrullar así que uno de sustitución hizo su trabajo. De esta forma el orco comenzó a instruir al joven.
El chico pensaba que Torek le daría una espada y un escudo y comenzarían a pelear, pero no fue así.
Cortar leña, cocinar para todo el asentamiento, lavar armaduras, cuidar espadas, reparaciones de tejados que le traían malos recuerdos del motivo por el que estaba allí y no en Orgrimmar. Comprendió que faltaba tiempo hasta que pudiera sostener con sus brazos un arma, ya fuera para pelear o para cazar.
Torek permanecía impasible ante el desbordante esfuerzo del muchacho por hacer lo que se le encargaba bien siempre distante y dando órdenes y directrices para mejorar la conducta del chico.
En pocos meses Thaar aprendió cien veces más en puesto Hachazo con Torek de lo que había aprendido en el orfanato hasta el accidente bajo la protección y compasión de los habitantes de Orgrimmar. La compasión le había hecho débil con el tiempo, pero aquí con Torek había cambiado parte de su agilidad y picaresca por fuerza y disciplina. Ahora se sentía capaz de muchas otras cosas aparte de robar y huir ágilmente. Ahora podía ayudar a sus semejantes y así mismo. Con los meses adquirió conocimientos de supervivencia. Cosas por las que jamás había tenido que preocuparse como dormir a la intemperie, encender una hoguera y seleccionar la madera necesaria para llevar esto a cabo con éxito, buscar plantas medicinales o esquivar las venenosas, coser su propia ropa… eran ahora actividades cotidianas que había aprendido y con las que se sentía más independiente. Además de esto, ahora era capaz de ayudar en una batalla o enfrentamiento aún sin saber luchar, levantando barricadas, construyendo edificios, cargando catapultas o afilando y forjando armas y armaduras.
Más tarde de lo esperado llegó el día en que Torek estaba recuperado y listo para volver a sus funciones como guerrero e incursor de Puesto Hachazo. Esto no fue un problema. Gracias al interés que Thaar había desarrollado hacia sus actividades, ahora cotidianas, Torek confiaba en que mientras patrullaba el chico seguiría aprendiendo por sí solo en el asentamiento y cada día, al atardecer, Torek enseñaría el arte de la caza y la guerra a su pupilo.
Durante largos años y poco a poco la relación entre ambos se estrechó singularmente y a pesar de ser maestro y aprendiz Thaar ahora consideraba a Torek un gran amigo y mentor y casi un padre.
Los años avanzaron hasta que el maestro poco podía enseñar a su pupilo. La agilidad era un atributo de Thaar que lo hacía un guerrero diferente, no solo basaba sus ataques en la potencia del golpe y los reflejos de parar los ataques del oponente sino que basaba toda su actitud defensiva en su mayor punto fuerte, esquivar golpes con suma facilidad para asestar un toque mortal al adversario.
En todos esos años no solo cambió su físico o destreza. Su personalidad había cambiado tanto como cabía esperar cuando alguien deja la adolescencia para convertirse en un adulto. Thaar no era ni compasivo ni cruel, ni cobarde ni temerario y tampoco era el mejor guerrero ni el peor, simplemente uno más.
Pronto pasó a ser vigilante de Puesto Hachazo y a acompañar a Torek en sus incursiones en territorio enemigo. Las misiones eran variadas, desde interrumpir caravanas de suministros hasta asaltar asentamientos o avanzadillas de los elfos en el bosque.
La sensación de estar estancado en un pequeño asentamiento fue algo que poco a poco creció como una semilla en al corazón de Thaar. Pero la sensación de alejarse de quien consideraba un padre, Torek, era lo que le retenía en aquel lugar en el que tras varios años aún le picaba la nariz como el primer día.
En las incursiones, los encuentros con patrullas de centinelas eran cada vez más frecuentes y las batallas más cruentas.
Un día como medida a aquella situación llego una orden desde Orgrimmar de la mano del mismísimo Thrall.
La estrategia era tomar de una vez por todas los asentamientos de aquel intrincado bosque para lo que se enviaron una gran cantidad de guerreros de todas las razas. Tres días después Puesto Hachazo era un hervidero de guerreros ávidos de sangre comandados por algunos generales.
Obviamente la cantidad de guerreros no era del calibre de otros frentes de batalla como la cuenca de Arathi o la Garganta Grito de Guerra, pero parecía la cantidad suficiente para resolver el altercado entre Horda y Alianza en aquel lugar.
Tras celebrar una reunión estratégica con el fin de planear el ataque y a la mañana siguiente, la horda marchó sobre los bosques de Vallefresno hacia los asentamientos de los elfos.
Torek y su escuadrón en el que Thaar estaba incluido, con la ayuda de algunos nuevos guerreros aprovecharían su conocimiento detallado del terreno para cubrir zonas donde las huestes y carros de combate tuvieran mayor dificultad al acceder y limpiar de enemigos dichas zonas. Thaar esperaba que el escuadrón de siete hombres fuera suficiente para el propósito para el que habían sido destinados.
Mientras el grueso del ejército realizaba un ataque frontal sobre la Algaba, el escuadrón de Torek, más rápido y ágil rodeaba la zona para realizar un ataque lateral. Por desgracia, los elfos habían previsto este movimiento, después de tantos años luchando en esa zona ambos bandos conocían muy bien los movimientos del oponente. Atacar era claramente una desventaja táctica pero la única opción definitiva para cortar de raíz un frente abierto con tanto desgaste como el acontecido en estos bosques.
Para contrarrestar el movimiento de ataque lateral, los elfos habían emplazado centinelas en casi todos los árboles de los alrededores de la Algaba. No tardaron en caer dos de los siete hombres del grupo. Ahora eran solamente cinco y estaban completamente sitiados sin opción de avanzar. El lanzador del grupo hizo muy bien su trabajo, como de costumbre, pero fue en vano. La táctica de los elfos era refinada y poco se podía hacer contra arqueros adiestrados emplazados en las alturas.
En ese momento, supieron que no solo no iban a poder cumplir su cometido sino que además, estaban en una ratonera sin salida y salir vivo de aquel lugar sería solo el mejor de los casos.
El ejército ya había comenzado su asedio. Todos podían oír las descargas de las catapultas silbando e impactando contra los edificios élficos. Incluso algún proyectil mal apuntado cayó en las proximidades del encuentro tras atravesar el asentamiento.
La espera se hizo eterna, los refuerzos no llegaban, señal de que algo iba muy mal. Las catapultas dejaron de disparar y los gritos y tambores de guerra de la horda se fueron apagando. El ataque había fracasado. La retirada era la única opción para el escuadrón. Al mando de Torek, los hombres esperaban la señal de su líder para salir de sus trincheras improvisadas en troncos y huir hacia Puesto Hachazo. La señal no llegó. Torek dio la señal e inició una rapidísima carrera hacia la dirección opuesta a la de huida. Una lluvia de flechas baño a Torek mientras los demás huían en la dirección opuesta sin saber el motivo que había llevado a Torek a correr hacia el enemigo aunque parecía haber escapado de la zona.
Thaar se detuvo a buscarlo entre los inmensos troncos. No vio nada. Un compañero del escuadrón que pasaba cerca tiró de él y le obligó a continuar la retirada.
En Puesto Hachazo, las defensas estaban activas por si un contraataque tuviese lugar. Una vez dentro Thaar buscó sin éxito a Torek.
Thaar se temía lo peor cuando un vigilante desde la torre avistó un aliado. Era Torek que volvía malherido por los proyectiles de los elfos.
Torek estaba gravemente herido. Varias flechas atravesaban su torso de lado a lado clavándose en diferentes direcciones. Torek se arrastró al interior del campamento con ayuda de un par de vigías.
La sangre cubría todo su cuerpo.
Poco se podía hacer por aliviar su dolor y menos por salvar su vida. La impotencia que crecía en Thaar iba transformándose en rabia poco a poco hasta bloquear sus ideas completamente.
—Estas son mis últimas palabras Thaar. Escucha bien— Dijo el orco que ahora parecía haber envejecido repentinamente.
Junto a la sangre, de su boca brotaron sus últimas palabras.
—Sal de aquí chico. Escapa de esta guerra sin sentido ahora que aún puedes. Conoce mundo y trae honor a nuestra raza allá donde vayas… —consiguió articular con su último hilo de voz.
Dos días más tarde, tras enterrar a los caídos y las correspondientes ceremonias Thaar partió de Puesto Hachazo. Al igual que hacía varios años, caminaba sin rumbo, pero esta vez no tenía prisa, no tenía miedo, caminaba sabiendo que él no encontraría su destino, sino que el destino lo encontraría a él.
Viajó por innumerables tierras donde conoció variadas culturas y razas. Creció interior y exteriormente. Ahora su principal fuente de ingresos se había convertido en lo que más había odiado siempre. Lo que le robo su infancia y a sus padres y ahora le había robado también a su maestro Torek. Asesinar por encargo era el único camino no solo para mantenerse vivo sino para sentirse vivo también. Arrebatar vidas era algo que nunca se había planteado hacer de manera tan profesional pero era una manera de vengarse del destino. Nadie salvo Torek había sido compasivo con él y él tampoco lo sería con nadie.
Pronto fue conocido en los más bajos niveles de la sociedad. Y recibió en Bahía del Botín su primera oferta de formar un equipo ilegal de arenas en el Anillo Carmesí. Una sociedad secreta que llevaba a cabo batallas de gladiadores a vida o muerte.
Un Tauren contrabandista de esclavos conocido como Will socio de un adinerado y exitoso mercader corrupto, y corrupto en todos los sentidos pues era un no-muerto, llamado Jdc, fue quien patrocinó y fundó el equipo formado por una serie de pintorescos personajes. Aparte de Thaar, un elfo Caballero de la Muerte recién liberado del yugo del Exánime sin pasado ni recuerdos se hacía llamar en el campo de batalla Darkxed y parecía que el motivo por el que luchaba era encontrarse a sí mismo en la batalla. Además iban acompañados de una elfa de sangre sacerdotisa. Lo más siniestro de aquella curandera era el desconocer las motivaciones que la impulsaban a luchar en algo tan salvaje como arenas de gladiadores, si bien su aspecto delicado no presentaba ninguna herida de batalla aparente.
Con esta jerarquía, Jdc patrocinaba y daba publicidad al grupo en los bajos fondos de cada una de las capitales de la Horda mientras Will adiestraba en las artes de la batalla en equipos a los tres integrantes del grupo. El trato era un 40% de las ganancias para el mercader, aparte de las apuestas que ganase con la victoria del grupo, un 30% para el Maestro de Batalla Will y un 10% del botín y fama para cada uno de los luchadores.
Los entrenamientos no se hicieron esperar, la arena Gurubashi era un buen lugar para poner en común las tácticas de batalla y aprender.
En pocas semanas estuvieron listos para la batalla. Las técnicas individuales de cada uno, ahora estaban sutilmente refinadas, aunque dentro de su estilo, para complementar al resto del grupo. Conociendo los puntos fuertes y débiles de cada integrante Will era capaz de combinar las habilidades como si de una de sus potentes mezclas de alquimia se tratase, para dar como resultado un conjunto uniforme y homogéneo que se comportase como un único sujeto en la batalla. Sin duda el éxito estaría asegurado. Lo único que preocupaba a Will era un conocido grupo oponente, compuesto por tres no-muertos, los famosos Eyron, Pinchauvas y Maali, a los que se conocía como Los Demiurgos. El grupo era famoso por su refinada técnica y equilibrio y por contar con años de experiencia en la batalla y numerosas victorias a sus espaldas. No en vano eran los que sustentaban actualmente el título de campeones de las arenas de la temporada anterior.
Los primeros combates fueron sencillos. Lucharon en lugares poco conocidos como el Círculo de Sangre en Nagrand, el Anfiteatro de la Angustia en Zul´Drak. La instrucción recibida era más que suficiente para aquellos niveles y pronto subieron de reputación y por lo tanto en la clasificación cada vez los grupos estaban más entrenados.
La batalla del Circulo de los Retos, en Nagrand, era muy importante. Suponía el paso entre las batallas comunes clasificatorias donde los enemigos eran simples aficionados a luchar en un lugar de prestigio con un equipo realmente entrenado que ya había pasado las preliminares. Llevaban dos días en Shattrath, Will y Jdc siempre programaban los viajes con muchísima antelación. La ausencia en una batalla suponía grandes pérdidas monetarias y clasificatorias y una reducción importante del ritmo de avance. Además siempre podían presentarse problemas y obstáculos en el viaje y preferían tener a sus guerreros descansados para la batalla.
La mañana era clara, el carromato avanzaba y bajo el cielo azulado repleto de auroras boreales de Nagrand el verde predominante de los árboles lo cubría todo. Al llegar a las proximidades del Círculo de Sangre, el carro se detuvo y los tres luchadores y su instructor descendieron del transporte.
Mientras Will arreglaba las inscripciones al torneo con un goblin los integrantes del equipo comenzaron su particular exploración. Mirando a su alrededor se sentían afortunados. A diferencia de la gran mayoría de combatientes y equipos ellos eran libres. Todos luchaban por placer, pero muchos tenían una deuda con su amo o eran simple y llanamente esclavos. Minas de oro andantes que combatían para enriquecer únicamente a su dueño a cambio de alimentos y clemencia.
No muy lejos, otro grupo de tres miraba fijamente a los recién llegados. Un elfo de la noche, un gnomo y un enano. A juzgar por sus ropajes y armaduras no eran esclavos o si lo eran su amo era generoso. El equipo hablaba siempre y directamente de las posibilidades del grupo y sus riquezas. Un amo adinerado mantenía los cuerpos de los guerreros que tanto dinero le proporcionaban bien cuidados y sus manos ocupadas por buenas armas. En cambio, y en la mayoría de casos de esclavismo, un simple atuendo de tela y un par de armas oxidadas era todo lo que un esclavo necesitaba para luchar, a juicio de su amo.
—No parecen nuevos en esto, ¿verdad? —Darkxed no hablaba demasiado, pero cuando lo hacía era firme y seguro además de sarcástico.
—¿No tendrás miedo ahora, elfo? —replicó Thaar.
Will regresó de inscribirlos.
—¿Qué? ¿Haciéndoos amigos de vuestros próximos rivales? Hehehehehe —dijo despreocupado el tauren.
Pasó un buen rato hasta que fueron llamados a la batalla que Will aprovechó para dar las últimas directrices antes de la batalla. Ankale, orgullosa, se apoyo con desdén en una pila de cajas marcadas con el símbolo de la Horda. En cambio sus dos compañeros que habían recibido instrucción militar permanecían firmes ante la presencia de su Maestro.
—Espero que lo hagáis bien, esto ya no va a ser pan comido. Con que salgáis en menos de tres piezas y vivos me conformaría —añadió para finalizar la charla Will. —No creáis que no van a saber parar golpes como los patanes con los que os topasteis en el Anfiteatro de la Angustia. Aquellos pobres diablos ni siquiera sabían golpear con el poco filo que tenían esas cochambrosas espadas. No bajéis la guardia. Ankale, tu mantente distante y sana a tus compañeros. Darkxed, tu entrarás primero y atraerás su atención, confío en que Thaar llegue a tiempo y te quite al menos a uno de encima con su Filotormenta.
Así lo hicieron. Las plataformas que sostenían a ambos equipos en las galerías bajo la arena de batalla comenzaron a subir. Pronto los equipos se vieron cara a cara.
—Ojo… El elfo de la noche no está… debe ser pícaro —observó Darkxed pacientemente.
—Me cuidaré las espaldas —contestó Ankale.
El ataque no se hizo esperar. Darkxed comenzó la carrera hacia el oponente.
—¡A por el enano! —gritó al percatarse de que un aura de luz lo rodeaba— ¡Es un paladín!
El enano aguantó con su maza el implacable golpe que propinó Darkxed con su hacha para culminar la carrera.
Mientras Thaar permanecía expectante. El gnomo comenzaba a invocar una bola de fuego. Estaba claro que era un brujo, pero lo que más le preocupaba era el elfo nocturno, que en cualquier momento aparecería por sorpresa para asestar su golpe fatal o inyectar una dosis fatal de veneno en alguno de ellos. Justo cuando el gnomo iba a lanzar su bola de fuego contra Thaar, una gran mano etérea que surgió de Darkxed lo atrajo, desvaneciendo la magia y recibiendo a cambio una contentísima patada en el estómago que le propinó el Caballero de la Muerte dejándolo inmóvil.
En ese momento y con una velocidad sobrehumana, Thaar se posicionó tras la sacerdotisa y detuvo al elfo, que para su sorpresa tenia ahora forma felina, mientras éste se abalanzaba sobre ella.
—Le tengo —gritó Thaar— ¡Es un druida!
Darkxed, ahora en graves aprietos, recibía sin pausa un golpe tras otro de la maza del paladín, a la vez que intentaba esquivar sin éxito los constantes ataques mágicos del gnomo brujo ya recuperado.
El orco lanzó al druida bruscamente contra la arena y corrió a ayudar al Caballero de la Muerte.
—¡Ahora! —grito con furia el guerrero.
Con una exactitud milimétrica, Ankale comenzó a pronunciar un hechizo mientras levantaba las manos. Simultáneamente, Darkxed señaló al druida que se incorporaba ahora en forma de oso y de nuevo una mano vaporosa como hecha de humo del mismísimo infierno atrajo al oso a las proximidades del Caballero de la Muerte. Para entonces, la batalla estaba ya decidida, Thaar había comenzado una desenfrenada carrera hacia su compañero. En un mismo instante, Darkxed realizó una veloz finta hacia atrás para retirarse del tumulto, Ankale terminaba de pronunciar el hechizo de miedo que paralizo a los tres oponentes en la misma zona y Thaar, ahora en el centro, comenzó a girar como un tornado y con ambas espadas comenzó a descuartizar a los tres enemigos. Cuando las vueltas cesaron y se asentó el polvo levantado, el centro de la arena parecía una batidora goblin en la que alguien había soltado a aquellos tres infelices esparciendo vísceras y miembros por todo el suelo. Thaar arrodillado se sacudió los restos mientras se levantaba, Darkxed impasible probaba la sangre de los enemigos que había quedado en su guante con la punta de la lengua y Ankale con gesto orgulloso sonreía ante la carnicería levantando los brazos. Tras unos instantes de conmoción el publicó estalló en aplausos.
La batalla era suya.
Webcomics en español
El buzón