Horda y Alianza, rojo y azul, colmillos prominentes contra barbacas pobladas. ¡A todos nos gustan los conflictos, los palos y las pruebas absurdas! Vamos un poco más allá. Cazadores contra pícaros, mucho oro en juego y unas reglas que estamos deseando romper.
¿Y tú, de qué facción eres?
Dos de Tres.
Capitulo I. Caminos cruzados.
Walter Murphy – A Fifth Of Beethoven

En Los Baldíos hacía mucho calor. A Skuller le daba igual. Aunque arrastraba los pies por el polvo del camino, dando tumbos con la lengua fuera, lo hacía porque era un no-muerto y no tenía mandíbula. Llevaba un fardo lleno de pieles a la espalda, un producto apreciado por los comerciantes de El Cruce por el que iba a sacar un montón de pasta en ese pueblo. Pensó en el dinero y al intentar sonreír se llenó de babas la camisa.
Sin embargo, a medida que se acercaba al poblado se dio cuenta de que faltaba algo muy importante. Los guardias. ¿No solía haber un par de ellos allí y otros tantos en la parte oriental?
Skuller respiró aliviado (o al menos emitió un desenfadado gorgoteo) cuando llegó y se encontró con que todo parecía normal. Se acercó al herrero.
—¿Gla? —el no-muerto le mostró el interior del saco.
—No me interesa, prueba por allí –le dijo el tauren de detrás del yunque.
Skuller se giró, vio al sastre de la aldea y se dirigió hacia él. Lo que no vio fue como en un abrir y cerrar de ojos, el herrero recibió un golpe en la cabeza, y desapareció en las sombras.
—Demasiado basto para mí —dijo el sastre al ver las pieles—, pero quizá al peletero le interesen.
El no-muerto se echó el saco al hombro. Cuando dos lazos cayeron sobre el sastre y le levantaron hasta el techo arrancándole un gemido, Skuller ya se había largado.
Una mano huesuda se posó en el hombro del peletero. Este se dio la vuelta y se encontró con la sonrisa perpetua de Skuller.
—Largo de aquí, me vas a babear todo el género.
—Gleber.
—Ya tengo de esas, montones. A algún capullo se le ocurrió asegurar que aquí nos gustan y todos los idiotas de la región vienen cargados de ellas.
El no-muerto se fue arrastrando el saco por el suelo, frustrado y furioso.
Instantes después, un saco enorme con dos agujeros para los cuernos convenientemente colocados, cubría totalmente la cabeza del peletero, dejándolo predispuesto a la tremenda salva de puñetazos que le dejó enterrado en un montón de pellejos de diversas bestias.

La guardia de El Cruce. Ahora la ves, ahora no.
Leer el resto de esta entrada »
El buzón