La Leyenda del Cabrero. Cap IV.

18 06 2009

Capítulo IV. La Hora de la Cabra.

The Killers – Somebody Told Me 

Alcani dejó atrás Cerro del Cuervo y, atravesando el cementerio, vislumbró la cripta donde Alterio le había dicho que Mor’Ladim rondaba.
—Me dijeron “Coge el anillo y cámbialo por la espada”, ¡pero voy a pillar todo el oro y les voy a dejar sin nada! —canturreaba contento.
Cuando se acercaba a la terrorífica estructura de piedra, el pesado enano y su traqueteante fardo se convirtieron casi mágicamente en un vacío silencioso. El Maestro Alcani se movía indetectable como la sombra de un gnomo. La cripta se alzaba en medio del cementerio, y a su alrededor esqueletos decrépitos caminaban como erráticas marionetas. El plan era sencillo, escabullirse entre los atontados cadáveres andantes, robar la espada de una tumba silenciosa y salir antes de que pudieran siquiera olerlo.
Sin embargo, al caer la noche las cosas cambiaban en el cementerio de Cerro del Cuervo. Cuando la Luna se dejó vislumbrar entre las hojas de los árboles, una nube de maldad surgió de la cripta poniendo en guardia al ejército de huesos. Y de entre la niebla surgió un caballero. Su armadura ya no brillaba, su esqueleto ya no sujetaba carne alguna, y cada pisada marchitaba la tierra a su alrededor. El enano vio en él un enemigo más formidable de lo que había esperado, pero también vio algo que le devolvió el ánimo. Mor’Ladim sujetaba en sus manos una espada enorme, su hoja emitía una luz pura y su empuñadura brillaba con el dorado de antaño.

Mor'Ladim

Mor'Ladim

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La Leyenda del Cabrero. Cap III.

16 06 2009

Capítulo III. “¡Caballeros Negros!”

Hans Zimmer – Jack Sparrow 

 

El vigilante Dodds pensaba que se estaba volviendo loco. Había pasado meses en un diminuto campamento con su compañero Cutford, luchando contra hordas de ferocanis asesinos, y sabía por experiencia lo terribles que podían llegar a ser. Enormes colmillos, velocidad sobrehumana, y una ferocidad demencial. Y en los últimos días le había parecido ver a lo lejos a las terribles bestias huyendo de un puñado de cabras, montañas abajo. ¡Cabras! ¡No había cabras en Bosque del Ocaso! Sin duda la podredumbre del lugar le estaba empezando a provocar alucinaciones.
Por eso no le extrañó nada ver pasar a su lado un semental negro con dos pícaros, uno de ellos un enano pelirrojo que le dijo al pasar “¡Si yo fuera tú, me tomaría la noche libre!”.
—Mira, Cutford —dijo tranquilamente—, un enano pícaro compartiendo caballo. Eso no se ve todos los días ¿verdad?
—BEE —respondió Cutford.
Un segundo caballo pasó a toda velocidad en la misma dirección.
—Y esa es la vigilante Ladimor, ¿a donde demonios irá?
—BEEE.
—JAJAJA, si, está como un queso ¿eh?
Dodds se dejó caer al lado del fuego que ardía al lado de su tienda. Levantó la vista. Donde debía estar Cutford, estaba sentado un extraño humanoide, mitad cabra y con los ojos brillantes. En uno de sus cuernos se sostenía de forma ridícula el casco de Cutford, salpicado de sangre. Se estaba liando un pitillo.

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