Capítulo IV. La Hora de la Cabra.
The Killers – Somebody Told Me

Alcani dejó atrás Cerro del Cuervo y, atravesando el cementerio, vislumbró la cripta donde Alterio le había dicho que Mor’Ladim rondaba.
—Me dijeron “Coge el anillo y cámbialo por la espada”, ¡pero voy a pillar todo el oro y les voy a dejar sin nada! —canturreaba contento.
Cuando se acercaba a la terrorífica estructura de piedra, el pesado enano y su traqueteante fardo se convirtieron casi mágicamente en un vacío silencioso. El Maestro Alcani se movía indetectable como la sombra de un gnomo. La cripta se alzaba en medio del cementerio, y a su alrededor esqueletos decrépitos caminaban como erráticas marionetas. El plan era sencillo, escabullirse entre los atontados cadáveres andantes, robar la espada de una tumba silenciosa y salir antes de que pudieran siquiera olerlo.
Sin embargo, al caer la noche las cosas cambiaban en el cementerio de Cerro del Cuervo. Cuando la Luna se dejó vislumbrar entre las hojas de los árboles, una nube de maldad surgió de la cripta poniendo en guardia al ejército de huesos. Y de entre la niebla surgió un caballero. Su armadura ya no brillaba, su esqueleto ya no sujetaba carne alguna, y cada pisada marchitaba la tierra a su alrededor. El enano vio en él un enemigo más formidable de lo que había esperado, pero también vio algo que le devolvió el ánimo. Mor’Ladim sujetaba en sus manos una espada enorme, su hoja emitía una luz pura y su empuñadura brillaba con el dorado de antaño.

Mor'Ladim
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